Un artículo tendencioso publicado en 1998 creó el mito de que las vacunas provocan autismo en los niños pequeños.
Internet desborda con noticias sobre cómo es que ciertas vacunas paralizan el rostro de los niños, generan reacciones alérgicas incurables, y en casos extremos, provocan autismo. Muchos padres han dudado de vacunar a sus hijos por miedo a estas consecuencias, cuando no tienen fundamento científico alguno.
Preguntándose el daño que podrían tener ciertos medicamentos, algunas familias han decidido omitir las vacunas básicas para sus hijos. Sin embargo, esta decisión puede resultar incluso más perjudicial para los más jóvenes. Estos supuestos provienen de argumentos pseudocientíficos, con escasa investigación empírica. Aquí te explicamos de dónde vienen estos mitos.
Las vacunas no provocan autismo
En febrero de 1998, un artículo engañoso publicado por la célebre revista médica The Lancet, Andrew Wakefield relacionó falsamente cómo fue que, debido a las vacunas del sarampión, muchos niños cayeron enfermos de autismo.

Este doctor británico asoció la aplicación de la vacuna (que atacaba sarampión, paperas y rubéola) con un el espectro autista en niños. De acuerdo con la Clínica Mayo, se trata de un trastorno de la personalidad que afecta a la parte del cerebro encargada con la socialización y la capacidad comunicativa de las personas. Esto causa problemas en la interacción social con otros individuos, pero no tiene nada que ver con la aplicación de la vacuna.
Tras la publicación del texto, la revista se retractó de la publicación junto con los coautores, atribuyéndole la responsabilidad a Wakefield. Las autoridades médicas del Reino Unido le quitaron la licencia, acusándolo de engañar a la comunidad científica con su “indiferencia cruel” hacia los niños bajo su cuidado.
Si eres padre en las redes sociales, es probable que hayas visto muchas publicaciones como estas. Quizás incluso hayas hecho clic en uno, por curiosidad; sin embargo, se trata de noticias falsas que carecen de cualquier fundamento científico.
Facebook no es una buena fuente de información
El artículo de Wakefield tuvo una amplia aceptación por parte de las personas que desconocen del tema. El impacto mediático fue tal, que las tasas de inmunización del Reino Unido tardaron casi dos décadas en recuperarse. Al final, las familias británicas en todo el país habían experimentado más de 12 mil casos de sarampión, cientos de hospitalizaciones, muchas con complicaciones graves, y al menos tres muertes.

Todo esto pudo haberse prevenido de no ser por el artículo de Wakefield. Sin embargo, el mismo fenómeno se replica en la actualidad, por la cercanía que tenemos con las plataformas digitales.
Es una realidad que las redes sociales tienden a ser engañosas en lo que a fuentes de consulta se refiere. Muchas veces, los titulares que aparecen en Facebook o las cadenas de mensajes que se comparten por WhatsApp son tendenciosos, y no siguen un verdadero interés científico.
Este tipo de noticias y piezas pseudoinformativas pueden ser muy dañinas. La lucha contra enfermedades prevenibles viene de un esfuerzo empírico palpable, que corre de varios años atrás. Antes de compartir esta información, habría que asegurarnos de que la fuente es confiable. De esta forma, no se desinforma a otras personas, y podemos tomar decisiones basadas en hechos, más que en suposiciones fraudulentas.
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