Fotografía: NASA / Unsplash
Cuando los astronautas pasan el umbral de la estratosfera, no sólo se tienen que preocupar por entrar en contacto con la gravedad cero. Por el contrario, el cuerpo de las personas que visitan el Espacio Exterior sufre una serie de cambios importantes, para los que tienen que prepararse durante años. Desde que Yuri Gagarin salió por primera vez en 1961, parte del desarrollo científico se ha enfocado a las consecuencias de las misiones espaciales a nivel físico.
Desde hace 22 años, la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas declaró que del 4 al 10 de octubre, cada año, se celebraría la Semana Mundial del Espacio. El objetivo de esta iniciativa es, según la institución, “forjar la fuerza laboral del mañana inspirando a los estudiantes, mostrar el explícito apoyo de la opinión pública al programa espacial, educar al público sobre las actividades espaciales y fomentar la cooperación internacional en la divulgación y la educación sobre el espacio“.
Como tal, una de las cuestiones que más inquieta a la gente es qué pasa con el organismo humano cuando sale de la Tierra, y tiene que permanecer ahí durante meses. De acuerdo con la Dra. Naomi Brooks, de la facultad de ciencias de la salud de Universidad de Stirling, la primera consecuencia evidente es que el cuerpo se debilita en el espacio:
“El sistema del músculo esquelético es el sistema de órganos más grande del cuerpo humano. Se utilizan cientos de músculos para mantener la postura (sentarse, pararse) y realizar una amplia gama de movimientos, con diferentes condiciones de carga impuestas por las fuerzas de gravedad en la Tierra”, explica la experta para Universal-Sci.
Al no tener que interactuar con las fuerzas de la gravedad terrestre, que oponen resistencia al movimiento, los músculos se acostumbran a estar más laxos. Por ello, los viajes espaciales inciden directamente en la fuerza de las personas, y atrofian sus músculos. Según la experta, un astronauta promedio pierde el 30 % de la masa muscular en misiones de más de 110 días.
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Cuando los astronautas dejan nuestro planeta, su corazón ya no tiene que bombear la sangre con la misma intensidad. Siguiendo la lógica de que no interactúa con la resistencia de la gravedad, el flujo se distribuye diferente en todo el cuerpo. Gran parte de la sangre se queda en las piernas, y muy poca regresa al corazón. Por esta razón, también, la presión arterial disminuye.
Combinado con la atrofia en los músculos, asegura Brooks, la condición aeróbica del organismo se ve afectada severamente por las misiones largas al espacio. Con menos sangre y menos músculos con los cuales trabajar, volver a la Tierra representa un reto para los astronautas, que tienen que reintegrarse a la vida sobre la superficie una vez más.
Cuando estamos en la Tierra, nuestro organismo está protegido de la radiación del Sol. Nuestro escudo natural es el campo magnético de la Tierra, que protege (y permite) la vida como la conocemos hasta ahora. Cuando los astronautas dejan el planeta, esta protección también se pierde, y el cuerpo queda expuesto a la radiación del espacio.
“Tres fuentes principales contribuyen al entorno de radiación espacial: partículas atrapadas en el campo magnético de la Tierra, partículas energéticas solares del Sol y rayos cósmicos galácticos”, explica la NASA. Contra estas fuerzas del universo, la agencia reconoce que hay poco que pueda hacerse.
Scott Kelly ha pasado un total de 520 días en el espacio exterior, según informa la BBC. Con su amplia experiencia en viajes espaciales, su cuerpo ha resentido los efectos —a pesar de tener años de entrenamiento, y de haber pasado pruebas rigurosas para salir de la Tierra. “La mayoría de los problemas de salud no son sintomáticos, no puedes sentir tu propia masa ósea”, explicó el astronauta estadounidense al medio.
A pesar de ello, cuando regresó a la Tierra por última vez, su cuerpo no estaba en la mejor condición. Al contrario, “Tenía dolor, rigidez, algo de pérdida de masa ósea y de músculo. Tenía algo de hinchazón y un aumento en mi presión craneal interna”, se sinceró en 2018. De la misma manera, su piel se vio afectada, tenía mareos constantes y vómitos, ya que su organismo se estaba adaptando de nuevo a la atmósfera de nuestro planeta.
Además, asegura Kelly, nadie nunca les dijo que estas consecuencias podrían manifestarse de por vida.
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