Laura O'Dogherty Tabora | IG: @lau.s.photography
La idea explotó en los medios internacionales. Un reporte extraño del Adam Smith Institute anunció una idea que, para los entusiastas del modelo neoliberal, resultó brillante: la Luna debería de privatizarse para favorecer la economía terrestre. Según los investigadores de la institución, la privatización de la Luna se lograría dividiendo al satélite “en parcelas, y asignarse a diferentes países para alquilarlo a empresas”, según explican los autores.
A pesar de las controversias que ha generado el estudio, hay economistas que están convencidos de que la privatización de la Luna es un proyecto viable y ‘moralmente justificado’. Aunque los viajes al espacio siguen siendo inaccesibles para el 99 % de la población mundial, estos son algunas de los argumentos que proponen los científicos a cargo del estudio.
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En la tradición dramática de la Grecia Clásica, un lunático se distinguía por ser una persona deprovista de sentido crítico. Bajo la influencia poderosa de la Luna, estos seres perdían contacto con la realidad, cayendo en un trance inescapable y apasionado. A veces, entrando en cóleras inexplicables; otras, en hechizos que les conducían a cometer errores fatales.
Parece ser que los economistas del Adam Smith Institute son víctimas de un efecto similar. La organización, nombrada en honor al padre del modelo económico liberal, asegura que este movimiento espacial podría ayudar a erradicar la pobreza en el mundo. Así lo explica la economista Rebecca Lowe, líder de la propuesta, en un comunicado:
“[…] un sistema claro, moralmente justificado y eficiente para asignar y gobernar los derechos de propiedad en el espacio, en la tierra, en otros recursos, en el vacío mismo y en cualquier otra cosa que pueda encontrarse, presentaría grandes beneficios”.
Sin embargo, en el estudio no se explica realmente a qué se refieren con un sistema ‘moralmente justificado’. Considerando que se trata de una institución europea —y, específicamente, británica—, seguramente tienen un marco de referencia puritano, que entiende todavía a la naturaleza como un objeto que los hombres deben de dominar.
Lo que es más: este dominio vendría de un país imperialista, hegemónico y mayoritariamente de representación blanca. Esta élite en el poder se asociaría, en el mejor de los casos, con otros multimillonarios —igualmente, blancos— que tienen la mirada en las estrellas. Un ejemplo es Jeff Bezos, que tiene un plan serio para lanzar una estación espacial comercial en esta misma década.
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En la actualidad, en medio de una crisis climática global, el costo ecológico de mandar cohetes para ‘rentar’ parcelas lunares sería inmenso. Lo que es más: las ‘empresas’ que podrían tener acceso como arrendatarias serían sólo unas cuántas.
Recientemente, entre los satélites de Elon Musk y los proyectos de Jeff Bezos, los lanzamientos de cohetes espaciales comerciales ha aumentado en un 5 % al año. La cifra es escandalosa, considerando los objetivos de neutralidad de carbono que impuso la Organización de Naciones Unidas (ONU) para llegar a un 2050 habitable.
Como los cohetes y demás naves espaciales estarían propulsadas por emisiones de carbono poderosas, la privatización de la Luna implicaría un impacto ecológico masivo para la atmósfera terrestre. En el mejor de los casos, sería una decisión devastadora para las condiciones climáticas de nuestro planeta. A diferencia de las probables ganancias para ‘erradicar la pobreza global’, estas consecuencias sí impactarían al 99 % de la población mundial.
A falta de regulaciones contundentes y específicas al respecto, la privatización de la Luna podría parecer un campo abierto para los magnates blancos. De no convenirse una legislación clara, muy pronto podríamos encontrar anuncios de Amazon en el cielo, durante las noches de luna llena. Claro, si la crisis climática lo permite.
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