Foto: Getty Images
La mañana del lunes 26 de octubre, la NASA presentó un par de descubrimientos que podrían acelerar los planes para la exploración humana de la Luna los próximos años:
En un primer estudio, la agencia espacial estadounidense confirmó la presencia de agua en la Luna en una zona iluminada por el Sol en el hemisferio sur del satélite.
Se trata de la identificación inequívoca del compuesto H2O a través de su firma espectral (la longitud de onda única para sus moléculas), detectada después de distintas observaciones en infrarrojo realizadas con el Observatorio Estratosférico de Astronomía Infrarroja (SOFIA, por sus siglas en inglés), un telescopio reflector anidado a un Boeing 747 propiedad de la NASA, que realiza observaciones a una altura de 13.7 kilómetros sobre el nivel del mar.
El sitio exacto donde se produjo el hallazgo fue el Cráter Clavius, la marca de un impacto que se extiende por 200 kilómetros de diámetro en la superficie lunar y el tercero más grande desde el punto de vista del observador terrestre.
“SOFIA ha detectado moléculas de agua (H2O) en el cráter Clavius, uno de los cráteres más grandes visibles desde la Tierra, ubicado en el hemisferio sur de la Luna. Mediciones de esta ubicación revelan agua en concentraciones de 100 a 412 partes por millón, aproximadamente equivalente a una botella de agua de 354 mililitros atrapada en un metro cúbico de suelo esparcido por la superficie lunar”, explica la NASA.
El segundo estudio presentado reveló lo que los científicos denominaron ‘trampas frías’, lugares helados de la Luna inaccesibles para la luz del Sol en los que el agua podría quedar atrapada por debajo del punto de congelación y por lo tanto, permanecer helada como si se trata de una roca.
Las trampas frías pequeñas, que se cuentan en miles de millones, podrían funcionar como depósitos de más fácil acceso que las trampas mayores.
El equipo encargado de estas observaciones utilizó el Orbitador de Reconocimiento Lunar (LRO, por sus siglas en inglés) y estima que unos 40 mil kilómetros cuadrados de nuestro satélite natural tienen la capacidad para acumular agua, con una mayor distribución y accesibilidad en los polos lunares y especialmente el sur de la Luna.
En 2024, la misión Artemisa volverá a llevar a la humanidad a la Luna, un hecho inédito en el último medio siglo, desde el final del programa Apolo.
Esta misión dará inicio oficialmente a una nueva era de conocimiento y exploración lunar que, aunada a la carrera espacial protagonizada por empresas privadas, tiene como fin establecer la presencia humana permanente en nuestro satélite natural.
En este contexto, hielo incrustado en el suelo podría ser utilizado por las futuras misiones lunares: “El agua es un recurso valioso, tanto para fines científicos como para el uso de nuestros exploradores. Si podemos utilizar los recursos de la Luna, entonces podemos transportar menos agua y más equipos para ayudar a permitir nuevos descubrimientos científicos”, afirma Jacob Bleacher, científico jefe de exploración de la Dirección de Misión de Operaciones y Exploración Humana de la NASA.
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