Imagen: Marcella Giulia Pace
A veces violácea. Otras, rojiza o cobre. Casi nunca azul, pero siempre con una coloración blanca que protagoniza la bóveda celeste durante las noches. A diferencia de lo que podría creerse, los colores de la Luna no dependen de ella propiamente. Por el contrario, una serie de fenómenos astronómicos y atmosféricos se conjuntan para que, ante la mirada humana, pueda variar en coloración y tonalidades a lo largo del año. Ésta es la razón.
Antes que nada, habría que entender que los colores de la Luna dependen de la noche, de las condiciones atmosféricas y de su interacción con la luz del Sol. Estos cambios han fascinado a los seres humanos desde tiempos inmemoriales, cuando la observación de los astros era parte fundamental de la construcción de calendarios agrícolas.
Sin embargo, pasaron siglos antes de que se tuviera una escala oficial que registrara los colores de la Luna. Hace un par de décadas, la escala de Danjon se estableció como la referencia primordial para medir las tonalidades de nuestro satélite natural. Además de reflejar la luz del sol, la atmósfera de la Tierra tiene una participación considerable para determinar en qué tonos se pinta a lo largo de la noche.
En general, la escala de Danjon determina qué tan oscurecida está la luna en el cielo. Algunos de los valores representados en este registro son los siguientes:
Además de esta escala tradicional, desarrollada en la década de 1920 por André-Louis Danjon, los astrónomos se han encargado de actualizar este rango de colores de la Luna hacia horizontes más amplios, que van más allá de las coloraciones rojizas o cobre de nuestro satélite natural.
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Con el avance de las técnicas de observación astronómica, las formas de representación de los astros se ha vuelto mucho más nítida y exacta. Éste es el caso para la gama de colores de la Luna que NASA presentó recientemente, con una variedad más amplia y acertada de la totalidad de las tonalidades observables en el satélite natural de la Tierra.
La escala de Danjon nunca consideró las coloraciones violáceas, rosas o carmín que la luna puede adoptar a lo largo del año, según su cercanía con el planeta o cómo interactúa con los rayos del sol. La contaminación lumínica y atmosférica también incide en cómo se pueda observar durante la noche.
Este cartel fue presentado por la astrónoma italiana Marcella Guilia Pace, en colaboración con la NASA en Estados Unidos y muestra la diversidad de colores que la luna puede adoptar según los fenómenos astronómicos en los que participe, a partir del registro que hizo a lo largo de 10 años.
Aunque todavía no está claro porqué la luna se torna violeta, es una realidad que la investigación en torno a este astro sigue en boga en la observación astronómica. La aportación de Pace fue significativa, ya que por primera vez en la historia, se pudo presentar una colección más detallada, actual y cercana de los colores de la Luna.
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