A 64 años del viaje de Laika, una duda ronda entre las sociedades contemporáneas: ¿es ético enviar animales en el espacio en la actualidad?
El 3 de noviembre de 1957, la perrita callejera Laika hizo algo que ningún otro ser vivo había logrado: llegar al espacio. Abordo del cohete soviético Sputnik 2, la inesperada viajera inauguró una época marcada por el sacrificio de animales en el espacio, algo que en la actualidad aún se contempla como una opción para el desarrollo de la ciencia y la tecnología. Pero ¿es esto ético? ¿Podemos los seres humanos valernos de la vida de los animales para garantizar nuestros fines, ya sean avanzar en una carrera impulsada por la política o llegar a donde ningún otro hombre ha llegado?
¿Cómo llevamos un perro al espacio?
Laika, cuyo verdadero nombre era Kudryavka, no tuvo una vida fácil. Nacida de una cruza entre dos razas diferentes, la perra rondaba las calles de Moscú en busca de alimento y cobijo. Ahí fue donde la recogió personal del gobierno para considerarla en uno de sus planes más ambiciosos de la fecha: el Programa Especial Soviético.
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En ese entonces, la administración de Nikita Jrushchov estaba profundamente interesada en alzarse sobre los Estados Unidos en lo que popularmente se conoció como “la carrera espacial”. Gracias a eso, los recursos destinados para la exploración espacial era ilimitados. Sin embargo, las vidas humanas aún estaban por encima de cualquier pretensión gubernamental. No sucedía lo mismo con las vidas de los animales.

Desde 1951, el país hoy conocido como Rusia envió 12 perros en diferentes misiones que solo llegaron al espacio suborbital. La misión Sputnik 2 intentaría romper con los récords previos y establecer mediciones que permitieran conocer los peligros potenciales a los que los seres vivos se expondrían en caso de intentar trascender este planeta. Laika fue la elegida para tripular la nave y experimentar en carne propia dichos riesgos.
El primer sacrificio animal en el espacio
Después de meses de pruebas y entrenamiento, el 31 de octubre de 1957, la perra entró a la pequeña nave espacial en la que abandonaría este mundo. Aunque la sonda contaba con una serie de equipos que garantizaban su supervivencia al despegue, el destino de Laika estaba sellado. “Antes de cerrar la escotilla, le besamos la nariz y le deseamos buen viaje, sabiendo que no iba a sobrevivir al vuelo”, dijo uno de los técnicos que preparó el último espacio habitado por la futura viajera especial.
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La mañana del 3 de noviembre, el Sputnik 2 encendió sus motores. Pasados los minutos, los indicadores cardiacos de Laika llegaron de 240 latidos por minuto; cuatro veces más que lo normal. Durante la jornada que siguió, la perra registró diversas mediciones. Para el gobierno de la URSS, el viaje había sido un éxito. Mediáticamente, la misión se había convertido en una clara señal del poderío soviético sobre el resto del mundo. Sin embargo, la información sobre el estado de la peluda astronauta se mantuvo en silencio.
Se manejaron diversos escenarios. Al décimo día de su misión, Laika había consumido la comida envenenada que se le había puesto en la nave. También se dijo que Laika había muerto por falta de oxígeno después de una semana. Incluso algunos mencionaron que era posible que Laika hubiera sobrevivido los 163 que duró el Sputnik 2 en órbita hasta que se desintegró. Fue hasta 2002 que uno de los expertos reveló lo que en realidad pasó: la nave había fallado, los sistemas no habían respondido como se esperaba y Laika había muerto entre cinco y siete horas después del despegue a causa de estrés y sobrecalentamiento.
El primer ser vivo en llegar al espacio, también fue el primero que era sacrificado ahí.
¿Es ético enviar animales al espacio en la actualidad?
A pesar de lo escandaloso del asunto, las potencias siguieron usando animales para experimentar los peligros de los viajes espaciales. Después de Laika llegaron Gordo, un mono ardilla cuya cápsula nunca fue recuperada; Felix, el gato que murió durante su segunda misión; y Juan, el mono argentino que se convirtió en una atracción de zoológico tras visitar el espacio.
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En las últimas décadas, las sociedades han comenzado a cuestionarse su responsabilidad en la muerte de animales en afán de perseguir sus metas, sin importar cuáles sean estas. La conclusión a la que han llegado es unánime: el empleo de animales con fines espaciales, educativos y de investigación no es ético, ni justo.

Desafortunadamente, las agencias no han dejado de considerar a los animales dentro de sus planes especiales. Tan solo este año, la NASA envió 128 crías de calamares luminiscentes como parte de una misión en colaboración con SpaceX, de Elon Musk. Si bien estos animales parecen resistir temperaturas extremas y la radiación, la sola consideración de su uso con fines meramente científicos (y corporativos, en el caso de Musk) sigue estando bajo debate.
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