El distanciamiento social y los encierros obligatorios cambiaron para siempre los límites del espacio personal a partir de la pandemia.
Previo a la pandemia, pocas personas hubieran pensado que un abrazo espontáneo sería un acto de valentía. Más aún: un atrevimiento, una transgresión. Ante la histeria y la ansiedad social de contagiarse de COVID-19, sin embargo, los límites del espacio personal se han redefinido durante la pandemia. Más allá de la resaca anímica que nos produce volver a interactuar con otras personas, después de año y medio medidas sanitarias rigurosas, podría ser que nuestros límites sociales se hayan reconfigurado para siempre.
Estas son algunos de las manifestaciones más evidentes:
Una geografía del hogar diferente

A partir de que la escuela, el trabajo y otros espacios de reunión tuvieron que migrar a la virtualidad, muchas de las interacciones con otras personas empezaron a ser desde casa. Sin el contacto humano directo, los entornos digitales se convirtieron en la vía fácil para sustituir todo aquello que los encierros obligatorios habían inhibido de tajo.
Por ello, quienes compartían vivienda con otras personas tuvieron que redefinir su espacio personal en términos de sus horarios de ocupación. Tomar clase mientras alguien estaba en una junta se volvió incómodo. Y viceversa. De pronto, parecía que los espacios que antaño pertenecían al terreno de la intimidad empezaron a compartirse con varias otras personas, por medio de plataformas de llamadas a distancia.
Y los momentos en soledad se hicieron más escasos.
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La cuestión de la sana distancia

Al tener una pandemia encima, el contacto humano directo también cambió. Incluso la manera en la que nos separamos de los demás parece haberse vuelto incluso más estricta, a pesar de que las personas ya hayan recibido su vacunación completa. Así lo explica Gary Stix, corresponsal de ciencia para Scientific American:
“El distanciamiento social como medida de salud pública es muy deliberado, pero la forma normal en que nos distanciamos de otra persona es mayoritariamente inconsciente”.
Cuando cobramos consciencia de que necesitamos estar más alejados los unos de los otros, las reglas sociales también se modifican. En algunos casos, también se entorpecen: es difícil saber si saludar de mano es lo correcto, o de pronto dar un abrazo se convierte en una ofensa para otras personas, que se toman las medidas sanitarias con más rigor.
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Resaca social y nuevas restricciones al espacio personal tras la pandemia

La cuestión de la sana distancia, a raíz de la pandemia por COVID-19, también ha incidido en cómo nos relacionamos y entendemos el espacio personal. Esto se conecta directamente en cómo nos acostumbramos a convivir con los demás desde lejos. Inmediatamente, se ve manifestado en la manera en la que algunas personas ya no aguantan las reuniones sociales como antes.
Recientemente, la resaca social se ha convertido en un obstáculo para quienes desean reintegrarse a ciertos rituales sociales:
“[…] esta necesidad de relacionarnos constantemente después de un periodo de restricciones puede tener consecuencias psicológicas, como la ansiedad o el agotamiento total, que pueden hacernos sentir destruidos por completo”, escribe la psicóloga social Esther Lopez-Zafra, de la Universidad de Jaén,.
Desde ir al cine, ver amigos en reuniones pequeñas al aire libre o practicar sus creencias religiosas directamente en los templos: la gente regresa extenuada a casa, después del contacto con otros. Muchos de ellos se la piensan dos veces antes de salir. Ya no tanto por un potencial contagio de COVID-19, sino por la dificultad que ahora representa encontrarnos con los demás.
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Ansiedad infantil elevada

Elizabeth Englander, profesora de psicología para Bridgewater State University, está consciente que la ansiedad infantil será un reto en este regreso a clases. Incluso antes de la pandemia, según escribe en su artículo para The Conversation, “hasta el 7% de los niños tenían un trastorno de ansiedad diagnosticable que interrumpía su funcionamiento diario”. Después de un año y medio de estrés constante y trauma, es casi seguro que esta cifra se eleve.
La experta asegura que vale la pena que las niñas y los niños entiendan qué es la pandemia. Si saben qué está pasando, les será más sencillo de digerir al momento de enfrentarse a las limitaciones de interacción en sus entornos sociales. Para ello, Englander recomienda buscar libros que puedan ayudar a educar a los más jóvenes sobre la vida pospandémica, cuál es la importancia de las vacunas y cuáles son los protocolos de sanidad que deben de respetar.
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¿Preferimos más las pantallas?

Para Byung-Chul Han, la clave está en que la era digital es ‘smart’, o inteligente. No porque en sí mismo el smartphone tenga consciencia, sino porque destruye la empatía para alimentar el ego de las personas. “No nos hace dóciles, sino dependientes y adictos”, escribe el autor en su más reciente compilación de ensayos, No cosas. Quiebras del mundo de hoy.
Este mecanismo de dominación funciona porque, en lugar de fomentar prohibiciones y ser restrictivo, atiende a las necesidades de consumo de las personas. Por ello, además, nos resulta mucho más sencillo relacionarnos digitalmente que en persona: los perfiles se adecúan a los datos con los que alimentamos a las redes sociales, por lo que las relaciones son híper-personalizables en la actualidad.
“Al ser tan amistoso, es decir, smart, hace invisible su intención de dominio“, explica el filósofo. Así también, las personas no se sienten dominadas en las plataformas que invitan a la comunicación abierta, y que se alimentan de la información que voluntariamente compartimos. En lugar de sentirnos dominados, nos sentimos libres de compartir y decir lo que queramos, según explica Han.
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Por esta razón, además, el smartphone funge como un “objeto de transición”, según explica el filósofo. En principio, es una manera más ‘segura’ de enfrentarnos a la realidad, sin que nos lastime, sin que nos haga daño. Al evitar el conflicto en este nivel obsesivo y dependiente, los seres humanos hemos destruido nuestro sentido de empatía: estar bien todo el tiempo no es real, y es nocivo para nuestro espacio personal que, a raíz de la pandemia, se ha visto atravesado por la virtualidad.
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