El mito de la fundación de Roma confirió a sus pobladores, desde tiempos inmemoriales, un linaje divino que se extiende a la actualidad.
En medio del bosque desierto, un grito. Dos niños recién nacidos con la espalda descubierta están a su suerte en medio de la nada. A merced de las inclemencias de la naturaleza, podría esperarles realmente poco. Entre los matorrales, un animal cargado de leche en las mamas acecha. Es una loba salvaje. El animal decide tomarlos como sus hijos. Eventualmente, el mundo los recordaría como Rómulo y Remo: los hermanos que propulsaron la fundación de Roma.
¿Quién amamantó realmente a Rómulo y a Remo?

La pregunta sobre quién amamantó realmente a los fundadores de Roma ha resonado entre los historiadores por décadas. El mito fundacional de Roma se basa justamente en esa imagen: una loba dándole de comer a Rómulo y a Remo quienes, con el paso de los años, fundan el imperio más poderoso de la Antigüedad.
Cuenta la leyenda que Rómulo y Remo son hijos de Marte, el dios de la guerra, y de la princesa de la tierra. Del amor entre ambas fuerzas inconmensurables nacieron los fundadores de Roma. Otras lenguas dicen que son hijos de Eneas, un príncipe que logró escapar de la catástrofe de Troya.
De cualquier manera, ambos tenían sangre de la realeza. En contraste, lograron subsistir gracias a los cuidados de una loba salvaje. Interpretaciones posteriores aseguran que los romanos adaptaron la palabra lupa —que antiguamente significaba “prostituta”— a una versión más literal, que aludiera a un pasado mítico común.
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Desde la cima del monte Palatino

Rómulo fundó Roma desde la cima del monte Palatino. A partir de ahí, la ciudad se extendió hacia las otras seis colinas que constituyen la capital italiana de la actualidad. Tomando su herencia helena y divina, estableció los primeros asentamientos propiamente romanos.
Este aspecto divino habla mucho de cómo se han concebido a sí mismos los romanos desde tiempos inmemoriales, de acuerdo con la historiadora Mary Beard. Este linaje les confirió una especie de derecho para dominar territorios más allá del horizonte, sin importar la orografía, el culto, o la fuerza de los pueblos que ya estaban ahí.
Bajo el auspicio de Marte, para los romanos era un valor ser hombres orgullosos, violentos y estrambóticos. Esto explica, en gran medida, la manera casi volcánica en la que la ciudad persiste en la actualidad.
No sorprende, por tanto, que las élites en el poder se preciaran de vivir en palacios ostentosos, con estilos de vida convulsos en excesos. Bacanales, templos ricos en diversos tipos de mármoles y un sistema legislativo sólido se decantaron de la construcción mítica a partir de las figuras de Rómulo, Remo y la loba salvaje. Hasta hoy, los amamanta desde el Palacio de los Conservadores.
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