Ik Kil, Yucatan, Mexico. Imagen: Getty
¿Te animas a conocer la ruta de los cinco cenotes? Quedarse sin aliento es una reacción casi natural ante los cenotes que viven en México: el cinismo se derrite ante las transparencias de las pozas y los rayos de sol que atraviesan el agua como una gran lanza lumínica que alcanza el lecho de tierra caliza. Por Ira Franco
Tienen algo de misterioso los cenotes (y dicen que algo de sagrado), una condición virginal que convoca pececillos confiados, de esos que nadan junto a los humanos y comen de nuestra mano, como si nada.
Bajo esta lógica, el municipio de Homún parece tener el privilegio de lo paradisíaco –un concepto que en la península de Yucatán suele ser redundante– con cinco cenotes en una franja reducida, susceptible a convertirse en una verdadera expedición en busca de agua turquesa si uno se extiende un poco más al sur, hacia el circuito contiguo de cenotes en las proximidades de Cuzamá.
Nuestro viaje empieza por el Centro Histórico del pueblo de Homún, a 50 kilómetros de Mérida, donde se pueden rentar pequeñas cabañas para el hospedaje a precios muy accesibles. Desde luego, la primera atracción es recorrer la Parroquia de San Buenaventura, que data del siglo XVII.
Conserva la escalera y la pila bautismal originales, de piedra, y la parroquia y el atrio se encuentran en tan buen estado de conservación que uno parece llegar a otro tiempo, cuando los nuevos sacerdotes caminaban por allí, ocupados, quizás atribulados, por la difícil evangelización de la población maya, todo menos dócil.
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A pesar de esta peculiaridad, el exconvento cobra vida durante el mes de julio, cuando se lleva a cabo la fiesta patronal: es esa época del año en que, a pesar del calor, todos salen de casa y disfrutan el ambiente de carnaval. La fiesta religiosa, en honor a San Buenaventura (el santo patrono del lugar), se realiza con sencillez franciscana, con misas y rosarios; mientras que en las calles del pueblo se instala una gran feria.
Hay vaquerías, corridas de toros y comida; entre certámenes de baile en la plaza principal y procesiones religiosas, los habitantes de Homún aprovechan para disfrutar de platillos típicos como el delicioso queso relleno, el pipián de venado, la chaya con huevo o los papadzules.
El calor en esta parte del país no perdona: tal como los habitantes de la región, después de caminar un rato nadie se resiste a correr a echarse un chapuzón en alguno de los cenotes del pueblo –Homún significa “cinco tiernos” o “cinco sin sazonar”, lo que supone una forma metafórica de referirse a estos cuerpos de agua de poca profundidad–.
Los operadores de tours querrán invitarnos a sus paseos, pero es posible ir sin guía: los cenotes están señalizados y se llega caminando o en mototaxi. Conviene, eso sí, llevar una mochila con mudas de ropa, zapatos que no resbalen, traje de baño, toallas, repelente para mosquitos y bloqueador solar.
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El cenote más cercano para visitar es el de Santa Rosa, ubicado a un costado del campo de futbol. Se trata de un cenote de bóveda completa, subterráneo, al que se le ha construido un parador turístico afuera con palapas y un restaurante. Si nos toma desprevenidos la tarde, hay que acompañarla con un delicioso poc chuc (carne de cerdo asada al carbón) acompañado de frijol colado, salsa de chiltomate, aguacate, cebolla y tortillas hechas a mano.
El postre puede ser yuca con miel o los simples pero deliciosos tejocotes en almíbar. Hay que tener en cuenta que el acceso a todos los cenotes tiene un costo (que se añade a un paquete con la comida y regularmente no sube más que 50 pesos la cuenta por persona).
En Santa Rosa se trata de un descenso peculiar: a falta de luz natural dentro de la caverna, se ha instalado luz artificial y por momentos se siente como estar dentro de una extraña discoteca ochentera, temática en rosa y morado neón. Para bajar hasta el nivel del agua hay escaleras de madera que nos dirigen a un baño fresco, en aguas de estupenda transparencia.
El segundo cenote a visitar es la gruta y cenote Santa María. Éste se encuentra a unas cuantas cuadras del centro de Homún y la gruta es perfecta para ir con niños, que disfrutarán como pocos la caminata por el río subterráneo, formado por algunas cámaras contiguas salidas de un libro de aventuras: la boca de un gigante que nos invita dentro de su cuerpo bajo nuestro propio riesgo.
Hay que llevar zapatos de buen agarre, pues la humedad hace que el piso sea muy resbaloso, en un descenso de hasta cuatro metros donde hay una poza poco profunda en la cual puede nadarse (aunque más lejos hay otras a las que sólo se accede buceando), adornadas naturalmente por una gran cantidad de estalagmitas y estalactitas.
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Para llegar hay que pasar un camino de terracería que acaba con la agradable sorpresa de uno de los sitios más bellos y de iluminación natural donde también hay ya unas escaleras para nadar sin tapujos. No muy lejos de allí se ubica el cenote Bal-Mil, en cuyo acceso hay un estupendo álamo que cubre de deliciosa sombra. Es quizás el cenote donde los colores del agua se aprecian mejor, así como las rebuscadas formaciones de piedra caliza.
Las noches en Homún son cálidas y tranquilas, y lo mejor es, de regreso, embebidos de colores turquesa, verde y marrón, terminar el paseo con una copita de xtabentún o una de balché, licores hechos a base de miel y leguminosas, respectivamente.
Los precursores de estas bebidas son los exquisitos brebajes que los antiguos mayas utilizaban como elixir ceremonial (al que los españoles acabaron por añadir anís).
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