Vista aérea de la ciudad de Guanajuato. Getty
Los conventos de México cuentan la historia de una colisión cultural que en algunos casos tardó varias décadas en estabilizarse hacia la paz. Por Ira Franco
A mediados del siglo XVI los monjes agustinos llegaron a lo que ahora es el estado de Guanajuato y con mano de obra indígena edificaron verdaderos fuertes medievales que son memoria arquitectónica, con sus grandes muros heridos por las puntas de flecha, de los roces y tensiones que crearon a este país.
Nuestro recorrido empieza en el pueblo mágico de Yuriria, apócope del purépecha Yuririapúndaro o “lago de sangre”, llamado así por el agua de tonos rojizos que yacía en un cráter que ahora se encuentra seco.
Yuriria se ubica a unos 250 kilómetros de la Ciudad de México y fue uno de los lugares que los españoles tardaron más tiempo en dominar pues las batallas con chichimecas (habitantes del otro lado del río Lerma) y tarascos se prolongaron por más de medio siglo.
En 1540 el misionero agustino fray Diego de Chávez fundó esta población y en los siguientes diez años construyó el convento de San Pablo y San Pedro, cuyo plan arquitectónico fue tan ostentoso –incluyó almenas, capillas y un claustro rodeado por arquerías de medio punto y un jardín interior, en total desproporción al tamaño del pueblo y el número de feligreses– que el mismo virrey Marqués de Falces intentó suspender la obra; sin embargo fray Diego lo convenció de llevarla a término.
Tardaron una década en poner la última roca y el resultado fue un fastuoso edificio barroco con bóvedas nervadas sin cúpula, sin torre, pero con defensas compuestas de pequeños pilares para resistir los asaltos de los indios.
Muchos retablos de madera de cedro rojo se perdieron en la quemazón provocada cuando se supo que ahí estaba escondido Agustín de Iturbide, y han quedado marcas de balazos de tiempos de la Revolución y la Guerra Cristera. Mucho antes, durante su apogeo, fue un centro donde el noviciado aprendía latín y estudiaba las Escrituras.
En nuestra visita no puedo faltar el magnífico scriptorium, una sala con cientos de manuscritos y transcripciones de textos sagrados realizados por los monjes.
Convertido ahora en un museo, desde la terraza se aprecia el horizonte, con otra obra monumental construida también por el mismo fraile en 1548: una laguna artificial de casi cien kilómetros cuadrados, que sirvió como vaso regulador del río Lerma.
Otro sitio de múltiples edificaciones religiosas es el pueblo mágico de Salvatierra, a sólo 25 kilómetros de Yuriria, un lugar apacible que se localiza en el Valle de Huatzindeo (“lugar de vegetación hermosa” en purépecha).
Salvatierra tiene unas 360 construcciones patrimoniales catalogadas, entre casonas, haciendas, puentes, templos, conventos y callejones, por lo que se le considera uno de los más grandes centros arquitectónicos novohispanos.
Destaca, sin duda, el templo y exconvento de las Capuchinas, construido en el siglo XVIII y uno de los tres que se dedicaron al monacato femenino en la región, los únicos lugares donde las mujeres podían llevar un modo de vida de monjes, construcciones que por sí mismas suponían un impulso a la población donde eran instaladas.
Es obra del reconocido arquitecto Joaquín Heredia y es algo para verse, con su patio lleno de ornamentos barrocos, un olor inconfundible a limonero y una fachada de tezontle rojo y cantera rosa que simula un fuerte.
Muy cerca está el Templo del Carmen, que antiguamente tenía adjunto un cementerio donde eran sepultados los ilustres de la ciudad, entre ellos la cuadrilla completa de monjes carmelitas descalzos que muy pronto se volvieron latifundistas y dueños de haciendas en esta ciudad.
Allí mismo hay que visitar el Santuario Diocesano de Nuestra Señora de la Luz, también barroco (ahora pintado de rosa), donde se puede admirar un peculiar reloj de cantera.
Por último, no podemos olvidar la visita al convento agustino de San Juan Sahagún, también conocido como de San Agustín, construido en 1642, con una sacristía que conserva varias pinturas del siglo XVII, al igual que una impresionante mesa para el servicio religioso.
El último punto en nuestro recorrido es Acámbaro, un pueblo con más de 130 monumentos históricos considerados por el INAH joyas arquitectónicas.
Allí se encuentran el Templo de San Francisco y su claustro, construido en el siglo XVIII en un barroco sobrio, de los más elegantes del país, con un patio estupendo y una fuente monumental labrada.
Además están el Santuario de Guadalupe, el Templo Expiatorio y el de San Antonio.
En una categoría aparte, por su sencillez y encanto, están las Ermitas, tres de los 14 pequeños templos de paso que se erigieron con la finalidad de rezar durante el viacrucis de Semana Santa.
Este pueblo tiene la particularidad de haber sido el Cuartel General del Ejército Grande de América en 1810, donde Miguel Hidalgo y Costilla fuera investido con el grado de “Generalísimo de las Américas”.
Sin embargo la obra arquitectónica más espectacular de Acámbaro es el magnífico puente de piedra que cruza el río Lerma, uno de los más grandes del país. Construido en el siglo XVIII, fue concebido por el arquitecto guanajuatense Francisco Eduardo Tresguerras, responsable también del Templo del Carmen en Celaya y la Catedral de Zamora.
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