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La vida de Stanley Kubrick cambió a los 13 años, cuando abrió la caja que contenía la cámara fotográfica Graflex que su padre, Jacques L. Kubrick, le regaló. Imágenes de Barbara, su hermana; del Bronx, la ciudad donde creció; de Jack y Gertrude, sus padres; y miles de instantáneas para el periódico y los anuarios de la preparatoria Taft High School, moldearon su ojo y lo prepararon para tomar aquella imagen de un vendedor de periódicos pensativo, sumido en la depresión y el letargo, un día después de la muerte del presidente de Estados Unidos Franklin D. Roosevelt en 1945. Por María Gabriela Muñoz y Luis Felipe Brice
Publicada ese mismo año en la revista Look, el entonces ‘niño genio’ de 17 años terminó la preparatoria con malas calificaciones, pero comenzó a trabajar como parte del staff de aquella publicación de interés general. Captó miles de imágenes –celebridades, boxeadores, manifestaciones– y educó con diversas composiciones, luces y ángulos su ojo, aprovechando al máximo el cuarto oscuro que su padre construyó en casa.
En esa época participaba en partidas de ajedrez para ganar dinero y realizó otros documentales, como The Flying Padre (1951), que le permitieron ahorrar para sus proyectos personales. Listo para explorar la ficción, pidió dinero prestado a su familia –en el documental Stanley Kubrick: A Life in Pictures (2001), Barbara menciona que su padre sacó 10,000 dólares de su seguro– para levantar su primer largometraje, Fear and Desire (1953). Mientras duró la filmación, todos los viernes Stanley abandonaba el set durante varias horas para recoger un cheque de desempleo por 30 dólares.
La película no obtuvo buenas reseñas, pero le abrió las puertas para seguir explotando el terreno; le siguieron Killer’s Kiss (1955), The Killing (1956) y Patrulla infernal (1957, protagonizada por Kirk Douglas), filme que no sólo le otorgó algunas de las mejores críticas de su carrera, sino también lo convirtió en uno de los directores más prometedores de la posguerra y le abrió las puertas de Hollywood, adonde se mudó en 1958.
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La suerte de unos… Anthony Mann, el primer director de Espartaco (1960), se peleó con Kirk Douglas, y éste exigió que lo corrieran. El actor, quien además de llevar uno de los protagónicos fungía como productor a través de su compañía Bryna Production, pidió que lo sustituyeran con Kubrick. Pero el rodaje de su primera película con un estudio fue una pesadilla.
El nuevo director creía que el guión era moralizante y no podía cambiarlo; tuvo problemas con Russell Metty, el encargado de cinematografía, y con casi todo el elenco. Fueron tantos los líos que se gestaron, que no sólo su fama de ególatra, solitario y perfeccionista se esparció por los medios (“Stanley podía ser exasperante, pero qué talento. Y un ego enorme. Nada malo en eso. El ego, llevado al exceso, es sano. Pero a mí sólo me interesa el talento”, escribió Douglas de Kubrick en su biografía The Ragman’s Son), sino que el también guionista, harto del ambiente hollywoodense, se mudó a Londres, donde residió hasta su muerte.
Los medios seguirían juzgándolo. Lolita (1962), adaptación cinematográfica de la novela homónima de Vladimir Nabokov, a quien conoció en 1959, fue censurada en diversos países por su contenido sexual: un hombre mayor de 40, seducido por una joven de 12, comete error tras error para estar con ella –aunque, tal vez, lo más espeluznante no era la sexualidad, sino la postura de la adolescente–.
Dr. Strangelove (1964) fue criticada por ‘satirizar’ los conflictos bélicos y la bomba atómica; 2001: odisea en el espacio (1968), basada en The Sentinel, de Arthur C. Clarke, fue incomprensible para varios críticos e incluso hubo quienes la tacharon de presuntuosa y sin sentido. Sin embargo, esos comentarios nunca detuvieron a Kubrick, quien se ocupaba en narrar sus historias de la mejor forma posible, poniendo atención a cada uno de los detalles; moviendo su proceso de escritura, dirección y edición como si fueran piezas de ajedrez, otra de sus pasiones.
Sus tres matrimonios –el último con Christiane Kubrick, con quien tuvo tres hijos–, su creciente obsesión por hacer una película de Napoleón Bonaparte –que nunca se materializó–, sus eternas visitas a las librerías –donde escogía de todo tipo de libros para inspirarse y hallar nuevas historias–, y su negativa a dar entrevistas o hacer presentaciones en público, hicieron que su fama de ególatra y perfeccionista se saliera de control.
Uno de los muchos falsos rumores que le imputaron decía que un chofer manejaba su automóvil a menos de 30 millas por hora y que Kubrick siempre se subía con casco, lo cual fue desmitificado en la entrevista que dio a la revista Rolling Stone en 1987 con ocasión del estreno de Cara de guerra:
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Naranja mecánica (1971), adaptación de la novela homónima de Anthony Burgess, causó controversia por su contenido, incluso fue vetada en Reino Unido –a petición de Kubrick– hasta finales de los noventa, pero sin duda es una de las mejores muestras de su talento. Con El resplandor, basada en la novela de Stephen King, dejó huella en el cine de terror y en las carreras de Jack Nicholson y Shelley Duval, a quien se le exigió para lograr una actuación digna, tal vez la mejor de su carrera.
Para 1987, una vez estrenada Cara de guerra, la cual compite con Apocalipsis ahora y Pelotón como la mejor película sobre la guerra de Vietnam, era reconocido como uno de los directores más importantes de todos los tiempos. Sin embargo, tardó más de una década en entregar otro filme, pues se debatía entre Wartime Lies, sobre la Segunda Guerra Mundial, e Inteligencia artificial –que retomó Spielberg en 2001–.
Ojos bien abiertos (1999), basada en el libro Traumnovelle, de Arthur Schnitzler, y protagonizada por el entonces matrimonio Cruise-Kidman, comenzó el rodaje en 1997; Kubrick creía que esta exploración de la sensualidad llevada al extremo en un matrimonio era su mejor obra, pero no conoció la respuesta del público ni de la crítica: murió de un ataque cardiaco la noche del 7 de marzo de 1999.
Texto publicado en Revista Muy Interesante México.
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