Cortesía Netflix
14 de febrero de 1995. Una operadora de los servicios de emergencia de California fue interrumpida por el sonido de una llamada. “Acabo de dispararle a mi esposo porque estaba golpeándome”, le dijo una voz femenina al otro lado de la línea. Quien llamaba era Sally McNeil, una famosa culturista que había ganado concursos y tenía cierto prestigio por su trayectoria en el ejército. Los llantos de una niña se podían escuchar a lo lejos.
La escena que descubrieron las autoridades al llegar a la casa que McNeil compartía con su familia era impactante. Lo suficiente para que la mujer fuera considerada culpable de inmediato. Sin embargo, la investigación del caso permitió que la verdadera vida de Sally y su esposo, el también fisicoconstructivista Ray McNeil, saliera a la luz y todos pudieran comprender lo que sucedió aquella noche de San Valentín. Esta es la historia detrás del crimen de “Killer Sally”, como se le apodó en los medios a la musculosa asesina.
Nacida el 29 de mayo de 1960 en Pennsylvania, Sally McNeil encontró en la gimnasia una forma de escapar de la violencia que su padre ejercía contra todos en casa. Su hermano mayor había hecho lo mismo, solo que él había optado por sumarse al ejército.
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Tras competir en diversas ramas del deporte, Sally comenzó a interesarse en el fiscoconstructivismo. De hecho, lo único que le impidió dedicarse a él fueron sus estudios y el matrimonio que formalizó con Anthony Lowden. Por desgracia, la falta de oportunidades y la mala relación que había desarrollado con el padre de sus dos hijos –Shantina y John– la llevaron a abandonarlo todo.
A finales de la década de los ochenta, Sally se unió al cuerpo de Infantería de la Marina de los Estados Unidos. Allí formalizó su divorcio y tomó al culturismo como una actividad recreativa. En 1987, conoció a Ray McNeil, un oficial de origen jamaiquino que también practicaba la halterofilia. Dos meses después, ya estaban casados.
Aunque la afinidad en sus pasiones prometía un feliz matrimonio entre Sally y Ray, las cosas resultaron tristemente contrarias. Según consta en reportes, Ray abusaba de su esposa y de sus dos hijos, los golpeaba y humillaba a la menor provocación. Por si fuera poco, Sally había sido dada de baja del ejército –donde previamente había ganado dos veces el Campeonato de Fiscoculturismo– y fue obligada a trabajar para mantener a su esposo, dedicado por completo al culturismo.
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Durante los siguientes años, McNeil desempeñó diversos trabajos a la par que competía en certámenes de constructivismo. Uno de ellos fue luchar contra hombres en video a cambio de un pago en efectivo de $300 dólares, que siempre terminaban auspiciando los anabólicos que consumía su pareja. Lo único que le quedó a la mujer de los combates, que involucraban algo erótico dentro de los movimientos, fue su apodo: “Killer Sally”.
Dicho mote se convirtió en una realidad el 14 de febrero de 1995, cuando Sally disparó a su esposo en dos ocasiones con una escopeta. Uno de los disparos le dio en la mandíbula; el otro, en el abdomen. Cuando los paramédicos llegaron a la casa, no había nada que hacer: Roy McNeil había muerto. La asesina fue detenida ese mismo día.
La llamada con la que Sally alertó a las autoridades sobre su crimen despertó una serie de incógnitas en la justicia californiana. ¿Había sido un acto en defensa propia? De acuerdo con sus declaraciones a la policía, Sally había sido golpeada y casi estrangulada por su pareja minutos antes de su muerte. La culturista incluso aseguró que la furia de su esposo había sido causada por los esteroides que consumía.
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Aunque su defensa alegó la legítima defensa, las autoridades encontraron elementos suficientes para enjuiciarla por asesinato en segundo grado y sentenciarla de 19 años de prisión a cadena perpetua.
Tras una serie de numerosas apelaciones, los abogados de “Killer Sally” consiguieron que su caso fuera reconsiderado por un circuito de la Suprema Corte de Justicia estadounidense. Este estipuló que la condena máxima sería de 19 años y que esta debería ser cumplida en el Centro de Mujeres de California Central. El 29 de mayo de 2020, Sally McNeil recuperó su libertad. Desde entonces ha abogado por que su historia sea escuchada. La serie documental de Netflix, ‘Killer Sally: la culturista asesina’ es parte de esos esfuerzos.
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