La instalación virtual de Alejandro González Inárritu logra exponer al espectador a una situación por la que cada año pasan miles de inmigrantes mexicanos y centroamericanos.
La instalación virtual de Alejandro González Inárritu logra exponer al espectador a una situación por la que cada año pasan miles de inmigrantes mexicanos y centroamericanos al intentar cruzar la frontera hacia Estados Unidos.
La escenografía, la tecnología de realidad virtual, la fotografía de Emmanuel Lubezki y la dirección de Iñárritu envuelve a cada persona en la experiencia Carne y Arena. En conjunto logran hacer que cada visitante se convierta en un inmigrante que sentirá el frío del desierto y la arena entre sus pies.
Al principio, el visitante experimentará minutos de desesperación al estar dentro de un cuarto frío donde lo único que hay son zapatos de inmigrantes que fallecieron en el desierto. Sentirán algo similar por lo que pasan aquellos que lo dejan todo atrás para emprenden un viaje incierto hacia una tierra que les promete mejores oportunidades.
Después de unos momentos dentro de una ?hielera? ?celda donde mantienen a los inmigantes en los centros de detención cercanos a la frontera?. Le siguen seis minutos y medio de caminata por suelos de arena, donde se porta un visor de realidad virtual. En ese espacio suenan helicópteros y se vive una persecución con un grupo de inmigrantes.
Al final se recorre un pasillo, donde a través de una serie de fotografías de ?El Chivo Lubezki?, el visitante verá el testimonio de las personas que virtualmente lo acompañaron en el desierto.
La increíble fusión que logró este par de mexicanos crea una experiencia que nos lleva a una realidad incómoda por la que pasan millones de personas a diario. La instalación nos convierte en desafortunados por unos minutos.
Como todo arte, Carne y Arena es una expresión a través de la cual podemos experimentar vivencias ajenas a nuestra realidad. Adentrarnos en este tipo de proyectos facilita la empatía, amplía la mente y sensibiliza el corazón.