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La angustia es real. De pronto, las responsabilidades parecen abrasadoras. Las cosas por hacer se apilan una sobre la otra, con cada vez más urgencia. El equipo de trabajo se vuelve francamente insoportable. Aunque existen cada vez más argumentos para dejar el trabajo, el miedo y la ansiedad de tener un ingreso —o algo que hacer— merman la solidez de nuestras convicciones.
En medio de la crisis sanitaria, una multitud aplastante de personas perdió su trabajo. Algunas de ellas, por convicción propia. Sin embargo, el fenómeno post-traumático es el mismo: sentimientos de derrota, de vergüenza y desesperanza se apoderan de aquellos que terminaron su estancia en una empresa. Cómo renunciar se ha convertido en una cuestión de salud mental.
“Por lo general, la gente todavía se autocritica. Para muchas personas, su trabajo está fuertemente ligado a su identidad y su autoeficacia”, explica para la BBC la psicóloga organizacional Melissa Doman. Por esta razón, las maneras para cómo renunciar ha permanecido debajo del agua. Más aún en medio de la crisis sanitaria por COVID-19, cuando las oportunidades parecen flaquear.
De acuerdo con el INEGI, 12 millones de personas perdieron su trabajo entre abril y diciembre de 2020 en México. De ellas, 9 millones lograron reposicionarse en algún momento del año pasado. Aún así, 2.5 millones de personas siguen buscando empleo. Los pocos ‘afortunados’ que han logrado mantener su posición laboral a flote no han logrado terminarse de acomodar a las nuevas dinámicas por Zoom, que parecen cada vez más invasivas.
En contraste, una tendencia inversa se ve en Estados Unidos. Según una encuesta global llevado a cabo por Microsoft, “el 46% de todos los trabajadores están pensando en entregar su aviso”. La mayor parte de estas personas lo piensan porque prefieren trabajar desde casa, y algunas empresas siguen favoreciendo el presentismo a pesar de que la pandemia no ha terminado.
Bajo el esquema de trabajo contemporáneo, renunciar es un fracaso. A menos de que se deje un trabajo por buscar uno mejor, ya asegurado en otra empresa, dejar de trabajar se vuelve impensable, porque no es compatible con el sistema de explotación laboral que subyace a esta fase del capitalismo. En consecuencia, las personas prefieren perder el sueño y sacrificar su estabilidad emocional por conservar una posición corrosiva, que les quita salud, sueño y tiempo.
Renunciar, sin embargo, no es malo en sí mismo. Cuando la angustia por las exigencias laborales nos rebasa, quizá es la decisión más sabia. Según Doman, esta noción culpígena se decanta de “una idea de la vieja escuela de que cuando ingresas a un trabajo o una carrera es para toda la vida, y eso es algo que simplemente no es cierto, o que ya no está basado en la realidad”.
Por esta razón, si las personas no sienten que no están trabajando lo suficiente, sienten que no tendrán éxito, que están perdiendo el tiempo o que no alcanzarán su potencial completo. Esta narrativa, además de estar basada en ideas añejas, resulta en culpas, miedos y angustias muchas veces injustificadas. Finalmente, el valor de una persona no está tasado en su ingreso, su forma de vida, ni en qué tanto puede rendir en el mercado laboral —aunque así lo crean.
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