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Ay, no. Acaba de llegar la tía que siempre te pregunta que si ya tienes pareja. Mientras tu sobrino grita porque le urge abrir sus regalos, las bocinas en la sala tocan la misma canción navideña inmunda. Seguramente es de Mariah Carey, otra vez. ¿Ya empezaron los villancicos con Luis Miguel? No puede ser, la abuela trajo otra vez los mismos romeritos del año pasado, que le dieron gastritis a todo el mundo.
A pesar del mito de que las fiestas decembrinas son radiantes, llenas de felicidad y un espacio para compartir la paz, lo cierto es que las reuniones navideñas pueden ser tóxicas. Mucho. En lugar de causar la euforia que se vive intensamente durante la niñez, pueden ser eventos estresantes, llenos de encuentros y conflictos innecesarios. La ciencia explica porqué.
No se tiene realmente un registro de cuándo empezaron a ser molestas las fiestas de fin de año. Mucho menos de cuándo las reuniones navideñas empezaron a ser tóxicas. A pesar de ello, el fenómeno se ha estudiado ampliamente desde el punto de vista psicológico, ya que el estrés, los conflictos y las sobre-expectativas de estos eventos pueden dañar severamente la salud mental de las personas.
Convivir es difícil. Más aún cuando existe este consenso social de que la Navidad debe de ser perfecta y feliz, llena de sorpresas y regalos. Irónicamente, este patrón genera el efecto contrario. David Robson, corresponsal británico de ciencia, detectó esta problemática, y escribe lo siguiente al respecto:
“Ya sea una desaprobación silenciosa por la calidad de la cocina, un resentimiento latente por un supuesto favoritismo o una discusión feroz sobre nuestros valores políticos y sociales, las reuniones familiares a menudo sacan lo peor de nosotros”, explica Robson para la BBC.
Los compromisos políticamente correctos que se conjugan en las reuniones navideñas añaden un nivel más de toxicidad a las dinámicas familiares. Lo que es más: en lugar de realmente reforzar los lazos afectivos que tenemos con nuestros seres queridos, estas presiones para lograr una Navidad ‘perfecta’ podrían fracturar a las familias de maneras sutiles, pero permanentes.
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El hecho de que las reuniones navideñas en familia puedan ser tóxicas no quiere decir que tienen que ser una catástrofe siempre. A pesar de que, año con año, se repitan los mismos patrones de comportamiento que lastiman a los presentes, Robson asegura que es posible mejorar las fricciones que generan este tipo de eventos.
Para empezar, dice el autor, un buen primer paso sería reconocer frontalmente qué nos molesta o qué nos motiva a actuar de determinada manera. Hablar las cosas como son trae beneficios inmediatos:
“Pero una mejor comprensión de la dinámica de nuestra familia puede ayudarnos a prepararnos para los inevitables puntos críticos y revelar formas de lidiar con el estrés”, explica Robson.
De otra manera, explica el corresponsal de ciencia, las tensiones entre los miembros de la familia van in crescendo, hasta que estallan. Aún así, el autor reconoce que este tipo de sinceridad puede resultar confrontativa, y lo que es más, puede entenderse como violenta. “Las personas a menudo se muestran reacias a hablar sobre reuniones infelices y alejamiento familiar”, reconoce en el texto.
Por esto, Robson propone que en lugar de participar en el ‘performance’ de la Navidad perfecta con la familia feliz, enfrentemos aquello que nos hace daño poniéndole nombre. Incluso si es una pregunta aparentemente inofensiva, como si ya tienes pareja, qué significa tu tatuaje o porqué decidiste abandonar de la carrera. La realidad es que este tipo de comentarios pueden ser hirientes, y lamentablemente, abundan en las reuniones familiares de fin de año.
Decir ‘no me gusta’ podría parecer simplista y, con honestidad, no arreglar nada al principio. Sin embargo, siempre vale la pena no dejar el sentimiento guardado. Tal vez, establecer límites sanos y aprender a dejar ir son los primeros andamios sólidos para pasar unas fiestas menos tóxicas.
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