Imagen: Netflix
En abril de 1990, se encontró el cuerpo malherido de una joven mujer a las orillas de una carretera en Oklahoma City. Las autoridades y médicos la llevaron al hospital para atenderla de emergencia. Un hombre llamado Clarence Hughes arribó para identificar a la mujer: se trataba de Tonya Hughes, su esposa.
Ambos tenían un niño pequeño llamado Michael. Sin embargo, algo extraño pasaba: el cuerpo de Tonya presentaba señales de abuso físico. Pronto, las autoridades comenzaron a sospechar de Clarence, quien era varios años más grande que Tonya.
Así arranca el documental La niña de la foto, uno de los más escalofriantes que pueden verse en la actualidad en Netflix.
Tras algunos días de luchar por su vida, finalmente Tonya falleció. Trabajaba como stripper. Al enterarse de su muerte, sus compañeras de trabajo localizaron a la familia de Hughes para notificar su muerte.
Detrás del teléfono, una mujer les dijo que aquello era imposible: su hija llevaba muerta 20 años. Tonya tenía precisamente 20 años al momento de su fallecimiento en el hospital.
Si aquella mujer no era Tonya Hughes, ¿entonces de quién se trataba?
La policía encontró a una mujer que quiso dar testimonio de lo que sabía. Su nombre es Karen Parsley, la mejor amiga de Tonya. Parsley reveló los maltratos de los que Tonya era víctima a manos de Clarence Hughes.
En el hospital, las enfermeras le dijeron a Parsley que algo extraño ocurría en el caso de su amiga. El marido era un hombre raro que despertaba la desconfianza de quienes trataban con él.
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Después de que Tonya falleciera, las autoridades iniciaron la búsqueda de Clarence Hughes. Cuando lo encontraron, se dieron cuenta de que su carácter no era el adecuado para quedarse con la custodia de un niño tras la muerte de su madre.
Entonces Michael fue acogido por los servicios sociales y el 1 de mayo de 1990, un día después de la muerte de Tonya, lo adoptó el matrimonio conformado por Merle y Ernest Bean.
El niño presentaba un carácter tímido y problemas para moverse. Los Bean se dedicaron en cuerpo y alma a él hasta que en 1994, decidieron adoptarlo de manera definitiva.
Pero se encontraron con un obstáculo: Clarence Hughes no quería perder a su hijo. Era tal su deseo de quedarse con él que incluso acusó a los Bean de maltratar al niño. En su defensa, Ernest Bean dijo que Michael se oponía ver a su padre, a quien señalaba como un hombre malo.
Pero faltaba lo peor: los servicios sociales ordenaron una prueba de ADN para verificar que Clarence era el padre de Michael. La prueba fue contundente: entre ambos no había un lazo consanguíneo.
La justicia ordenó que Clarence se mantuviera alejado del niño. Fue en ese momento cuando el infierno se abrió en toda su magnitud.
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El 12 de septiembre de 1994, Clarence Hughes irrumpió en la escuela donde estudiaba Michael. Apareció en la oficina del director James Davies y, pistola en mano, le obligó a entregarle a su hijo. Sin embargo, no se conformó con ello y terminó secuestrando a Michael y al director, a quien obligó a conducir su camioneta hasta una zona boscosa.
Clarence ató a James Davies a un árbol y lo amordazó. Después huyó con Michael en el vehículo.
Nunca se volvió a saber del menor.
El caso se puso en manos del detective del FBI Joe Fitzpatrick, quien descubrió que, en 1990, Clarence Hughes intentó cobrar el seguro de vida de Tonya. Lo curioso fue que lo hizo con el número de seguridad social de otra persona llamada Franklin Delano Floyd.
La policía descubrió algo aterrador: Delano era un delincuente en toda regla. Tras sus espaldas tenía acusaciones de secuestro a una menor, asalto a un banco, robo a una casa y ataque sexual.
Mientras esto ocurría, el retrato de Tonya salió en la televisión. Una antigua amiga del colegio la reconoció y se puso en contacto con el agente Joe Fitzpatrick para hacerle una escalofriante revelación: Tonya Hughes se llamaba en realidad Sharon Marshall.
La testigo sabía muchas cosas sobre el pasado de Sharon: había sido aceptada para estudiar ingeniería aeroespacial en la Universidad de Georgia Tech, pero al mismo tiempo su vida era un infierno: su padre, Warren Marshall, la tenía sometida a tal grado que no la dejaba ni hablar por teléfono.
Pero faltaba el detalle más aterrador de todos: cuando la amiga de Sharon vio la foto de Clarence Hughes, afirmó que ese hombre era el padre de su amiga. Varios excompañeros de la Forest Park Senior High testificaron y corroboraron la historia.
Poco antes de que comenzara su vida universitaria, Sharon llamó a una amiga para contarle una tragedia: estaba embarazada de su novio. Lo que más temía es que su padre se enfadara y le impidiera ir a la universidad.
Le dijo que en cuanto su hijo naciera, lo daría en adopción. Investigaciones posteriores señalan que ese hijo nació y Sharon nunca lo entregó a nadie. Se llamaba Michael.
Sharon y su padre desaparecieron y nadie volvió a saber de ambos.
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Franklin Delano en realidad no era el padre de Sharon, sino su padrastro, quien la secuestró a los cinco años de edad. Con el paso de los años, el sujeto cambió la identidad de ambos en más de una ocasión.
Floyd adoptó diversas personalidades para ocultar sus crímenes: Warren Judson Marshall, Clarence Marcus Hughes, Trenton Davis, Preston Morgan o Kingfish Floyd.
El verdadero nombre de Sharon era Suzanne Marie Sevakis. El nombre de Tonya Hughes comenzó a usarlo en la escuela secundaria. Nació el 6 de septiembre de 1969 y era la mayor de tres hijas y un bebé varón de una familia de padres separados, originaria de Michigan.
Cuando la madre de Suzanne, Sandi Chipman, fue detenida por pagar con un cheque sin fondos, Floyd aprovechó su ausencia para quedarse con Suzanne y mandar a sus hermanas menores a diversos orfanatos.
Cuando Chipman volvió a casa, no había nadie en ella. Encontró a sus hijas de en medio en los orfanatos donde estaban recluidas, pero no volvió a saber nada de Suzanne y Phillip.
Floyd hizo pasar a Suzanne por su hija y años después se casó con ella y la obligó a prostituirse y a trabajar como bailarina en clubes nocturnos. Actualmente, espera la pena de muerte con fecha por definir en 2022.
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