Isabel de Este, pintada por Tiziano Vecellio.
Entre los grandes mecenas de las artes en tiempos de Leonardo da Vinci figuró la marquesa de Mantua, Isabel de Este, consorte del gobernante de la ciudad, Francisco II Gonzaga.
Ella, que había visto el retrato de La dama del armiño, intentó en varias ocasiones atraerlo a su corte, repleta de artistas, pero Leonardo apenas hizo breves incursiones en Mantua y se mostró más bien elusivo hacia la marquesa.
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Los Este de Ferrara eran ya por entonces una de las familias con mejor árbol genealógico de Europa (la actual familia real británica, los Hannover, es descendiente de la rama germana de los Este).
La familia de Isabel la dio en matrimonio muy joven, a los dieciséis años, y su llegada a Mantua, navegando por el río en medio de la representación de una fantasía acuática, fue el preludio de un derroche artístico al que se entregó con fruición y consumismo.
Conocida como una de las grandes coleccionistas del Renacimiento, no se limitaba a la pintura, sino que el inventario de sus propiedades podemos hallar que era poseedora de más de 1,200 medallas, 72 jarrones, 70 estatuas y estatuillas, 13 retratos escultóricos de busto y hasta “un cuerno de unicornio”. Además, Isabel era una consumada intérprete de laúd.
En ella se dieron cita pintores de la talla de Tiziano o Rafael, hombres de letras, caballeros destacados. En su papel de mecenas, Isabella trabajó para consagrar a los artistas que en aquel momento destacaban en su arte. Fue varias veces retratada por grandes pintores. Uno de ellos, Leonardo da Vinci, empezó un retrato suyo que no llegó a terminar, pese a la insistencia de la marquesa.
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Durante su estancia en 1500, Leonardo empezó a pintar un célebre retrato de la marquesa, un carboncillo que no llegó a ser coloreado y hoy se conserva en el Museo del Louvre.
Se trata de una importante pieza que anticipa algunos detalles que recuerdan a La Gioconda. La marquesa insistió en muchas ocasiones en que lo acabara, y se pensaba que Leonardo no lo había completado, hasta que en 2013 se descubrió una versión, ya coloreada, en el búnker de la casa de una adinerada familia suiza.
El análisis de esta obra posterior ha reavivado las posibilidades de que La Gioconda fuera la propia Isabel de Este, una de las muchas teorías que circulan.
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