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3 de octubre de 1969. Las puertas del Hotel Capitol, en el Centro Histórico de la capital mexicana, se iluminan con ráfagas de luces azules y rojas. Las autoridades del Distrito Federal acudieron al lugar después de que se encontrara el cuerpo de un hombre en una de las habitaciones. Elias Cazares Romero había sido asesinado solo unas horas antes. Mientras la policía realizaba las investigaciones, el responsable huía con tranquilidad; un modus operandi que repetiría en más de una docena de veces durante el siguiente año. Los medios lo llamaron “El estrangulador solitario” y su identidad permanece como un misterio hasta la fecha.
Entre octubre de 1969 y mayo de 1970, la Ciudad de México fue azotada por una oleada de asesinatos que parecían no tener conexión, salvo por el método con el que el perpetuador le había quitado la vida a sus víctimas. Los había estrangulado.
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A Camilo Álvarez, segunda persona en su lista de homicidios, lo asfixió con un cinturón el 12 de octubre en el Hotel Plaza en Buenavista. Lo mismo sucedió con Oscar Barraza, Carlos Valencia, Luis García, Gildardo Sauza, Fernando Pérez, Máximo Suárez de la Torre, Zenaido Ponce y Luis Humberto Gaytán, a quienes ultimó entre octubre y enero.
En otros casos, el asesino recurrió a lo que tuviera a la mano para cumplir su crimen. A un hombre asesinado en el Hotel Mundial del barrio de Tepito lo ahorcó con una sábana del cuarto, mientras que a Benedicto Basilio Mena, un teniente coronel que figura como última víctima del “estrangulador solitario”, lo ejecutó utilizando una faja el 5 de mayo de 1970.
A pesar de la notoriedad que cobraron los asesinatos del “estrangulador solitario” en los medios, las investigaciones no prosperaron. De hecho, fue tanta la atención que recibió el criminal y tan poca la acción de las autoridades, que un presunto imitador aprovechó el furor para asesinar a un obrero en noviembre de 1969. Sin embargo, este sujeto –que también vivió en la impunidad– fue más agresivo con su víctima: le disparó, lo apuñaló y le cortó una mano, lo estranguló con una cuerda y le prendió fuego al cadáver.
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Ante su incapacidad para resolver los crímenes, la policía comenzó a manejar la hipótesis de que los hombres se habían suicidado. Esto fue rápidamente descartado por testigos que habían visto a las víctimas en sus últimos momentos, especialmente aquellos que habían rentado una habitación junto a su victimario. Fue así que se logró detallar un perfil del asesino serial: un hombre alto, moreno, de entre 25 y 28 años con cabello largo y nariz afilada. Según se dijo, el delincuente era conocido como Alonso o Antonio Parra y trabajaba como sexoservidor en el centro de la ciudad.
El estigma contra la población homosexual en esa época dificultó que el caso tuviera un buen final. Tras el último asesinato, la policía del Distrito Federal dio carpetazo a las investigaciones y esperó a que el asunto no se repitiera. Tuvieron suerte; después de la muerte del teniente Basilio, el “estrangulador solitario” paró y se mantuvo en el anonimato desde entonces. Sin un solo indicio de que los trabajos por atraparlo se reabran –aún peor, que el ejecutor continué vivo– es posible que el hombre alto y moreno de cabello largo sea uno de los asesinos seriales mexicanos que vivirán en la impunidad por siempre.
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