Imagen: Pedro Szekely
El oro es uno de los recursos naturales más codiciados en el mundo, y en siglos pasados inspiró aventuras y leyendas. Una de las más extendidas fue la de El Dorado, una mítica ciudad donde los recursos auríferos eran tan abundantes que hasta los trastes de cocina estaban hechos de oro.
Hoy mucha gente aún se pregunta si El Dorado efectivamente existió.
Como ocurre con muchos de estos relatos, la historia tuvo una base más o menos real. Cuando Cristóbal Colón volvió a España tras descubrir América, él y sus hombres aseguraron que en las tierras donde sus embarcaciones encallaron había piedras y metales preciosos.
En las décadas siguientes los conquistadores españoles se sorprendieron con los notables objetos de orfebrería hechos por las culturas indígenas, y fue esa riqueza la que explicó sus agresivas empresas militares. En 1530 Francisco Pizarro secuestró al emperador inca Atahualpa y exigió como rescate una habitación llena de oro y otra de plata, demanda que fue cumplida por los indígenas.
El hecho central para la leyenda de El Dorado fue una ceremonia presenciada por los conquistadores a orillas del lago Guatavita, al oeste de la ciudad de Bogotá. En ésta los indígenas chibchas rendían homenaje a su nuevo rey repitiendo una antigua tradición.
El rito comenzaba al amanecer, para saludar la salida del sol. El rey, un indígena de sorprendente musculatura, era desnudado y todo su cuerpo se cubría con polvo de oro para transformarlo en ‘el Dorado’.
En la balsa se subían otros cuatro guerreros que llevaban, por toda indumentaria, joyas, pulseras y coronas de oro. Una vez que la embarcación se hallaba en medio del lago, los pasajeros arrojaban todas sus ofrendas al agua.
Esto despertó la codicia de los españoles, quienes en las etapas venideras hicieron grandes esfuerzos por dragar el cuerpo de agua, trabajos que cobraron muchas víctimas y produjeron pobres resultados. Sin embargo, todo lo ocurrido fue dando forma a la leyenda y El Dorado no fue ya un personaje, sino un lugar creado por la imaginación colectiva. Llegó a decirse que se hallaba en la región inferior del río Orinoco, y después, que estaba cerca del Amazonas.
Sin embargo, todo resultó mal. No encontraron nada y muchos de los hombres que los acompañaban fueron víctimas de enfermedades desconocidas para ellos.
En los siglos XVII y XVIII aventureros como el inglés Walter Raleigh y el español Sebastián de Belalcázar buscaron infructuosamente El Dorado. En el siglo XIX la búsqueda cobró un nuevo impulso, pues el ilustre barón Alexander von Humboldt –quien había pasado meses siguiendo el curso del Orinoco– aseguró que en el fondo del lago Guatavita podría haber más de medio millón de piezas de oro, afirmación carente de fundamento pues todas ya habían sido retiradas.
Incluso a inicios del siglo XX el coronel inglés Perry Fawcett, que trabajaba en la traza de la frontera entre Brasil y Bolivia, escuchó la historia del lugar y decidió partir en su busca. No lo encontró. En 1925 regresó al mismo sitio intentando hallar una ciudad hecha de cuarzo. Nunca se volvieron a tener noticias suyas.
En 1969 se encontró una elaborada figura de oro macizo, en una caverna próxima a Bogotá, que representa la ceremonia real que dio origen a la leyenda.
Los historiadores la explican en términos de la ambición de los invasores y la corona a la que representaban. También podría ser la nueva recreación de un mito muy viejo, el de las Siete Ciudades de Cibola, supuestos asentamientos fundados por los obispos católicos al huir tras la invasión mora a Mérida, en el siglo XII. En ellos estaban, según esto, todos los tesoros que los religiosos habían llevado consigo.
Al no encontrarlos en Europa, tras el descubrimiento del Nuevo Mundo se dijo que estaban allí. Junto con esa historia, cobró vigor la referente a El Dorado.
En una dimensión distinta, lo que por mucho tiempo se tuvo por un enigma sólo pone en evidencia una preocupación histórica. Como los españoles habían agotado el oro disponible en América apenas en medio siglo de vida colonial.
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