El queso no le gusta a todo el mundo, pero si con sólo oírlo mencionar –– y no digamos olerlo o probarlo –– te entran sudores fríos, te tiemblan las piernas y sufres palpitaciones, quizá te halles entre el reducido número de personas que sufren turofobia.
El malestar que les produce este alimento en cualquiera de sus variedades va más allá del posible desagrado que podría suscitar su sabor y se explicaría por una experiencia traumática.
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