Ciudad Satélite fue diseñada como un escape de lo urbano para la creciente clase adinerada del Distrito Federal. Esta es su historia.
Ciudad Satélite es un anacronismo en sí misma. No es una ciudad, ni parte de cualquier otra: es un sitio que desafía su mexicanidad a través de su diseño, sus ideales, sus conciudadanos.
Nacido como proyecto del gran arquitecto mexicano Mario Pani, este vecindario de estilo estadounidense comenzó su vida apuñalado por una carretera federal que lo divide a la mitad. Para Pani, Ciudad Satélite solo era otro proyecto más para comentar con la élite priísta: Políticos que – tras décadas de gobernanza controversial – resultaban ser demasiado atrincherados en su poder para ser revolucionarios y demasiado ineptos para ser Institucionales.
Estar en Satélite es ignorar las realidades de la ciudad y, sin embargo, estar atrapado por ellas: tráfico, suciedad y concreto. Las torres que protegen su entrada actúan como una especie de Mezuzá para aquellos que viven allí: un símbolo que protege su hogar y tranquilidad de fuerzas superiores.
Un escape de lo urbano
Ciudad Satélite fue diseñada como un escape de lo urbano para la creciente clase adinerada del Distrito Federal, de aquella cuando la gasolina contenía plomo y pensábamos que las grandes urbes eran un lugar triste. Aquellos con ahorros y un auto podrían mudarse fuera de la capital y sentirse tranquilos en las afueras.
Si bien Pani tuvo proyectos más visionarios como Tlatelolco, la masacre de 1968 en sus explanadas —así como el colapso del edificio Nuevo León en 1985—, lo relegan en la historia del urbanismo como un proyecto inconcluso. Así como Satélite, el urbanismo mexicano se mantiene de una especie particularmente conservadora: casas unifamiliares, poca verticalización.
Esto continuó durante décadas, derivando un desplazamiento observable en imágenes satelitales: la mancha urbana de la ciudad más grande de América del Norte crecía y tomaba forma; más al norte y más al este de su traza original.

El contraste entre el Estado de México y la Ciudad de México
La política del Valle de México lo provocaba. El entonces Distrito Federal (hoy, tras muchas reformas legales, la Ciudad de México), sede de los poderes de la federación, fue gobernada por décadas con un puño de oro: siempre con prioridad sobre otras ciudades, pero nunca con el consentimiento de sus ciudadanos.
Mientras tanto, el Estado de México (legalmente el Estado Libre y Soberano de México) era gobernado de forma distinta: la gente podía participar en las elecciones de los presidentes municipales y gobernadores décadas antes que en el Distrito Federal.
En el Distrito Federal comenzó un declive tras la década de 1980. Crimen, tráfico, contaminación, y la pobreza alejaron gente de la capital mexicana: estados completos inflaron su población gracias a que los chilangos —gentilicio considerado peyorativo en ese entonces— inmigraban, mientras que la población de la capital se estancaba.
Esta tendencia no se revirtió hasta la implementación del controversial plan de densificación urbana del entonces (ya electo democráticamente) jefe de gobierno del distrito federal, Andrés Manuel López Obrador.
De cierto modo lo que hizo que los chilangos se fueran les persiguió. Una de las grandes divisiones entre mexicanos en la era contemporánea es aquella del acceso a la vivienda. Mientras que Naucalpan y Huixquilucan (municipios del Estado de México aledaños a la Ciudad de México por el noroeste) desarrollaban vastos rascacielos y comunidades privadas con mansiones para la élite, Ecatepec y Ciudad Nezahualcóyotl comenzaron a desarrollar interminables ríos de asfalto y concreto, tratando de ofrecerle vivienda a aquellos que no pudieran pagarla en la Ciudad de México. A pesar de que el fenómeno de las comunidades privadas no es tan común en la capital, es parte de la vida regular en esta ciudad como lo es en cualquier otra del país.
De cierto modo, Ciudad Satélite es único porque, a pesar de sus raíces como un escape de la urbe, debe ser de las pocas comunidades que no ha cerrado sus calles del todo ante la amenaza creciente del crimen.
Plaza Satélite: emblema que sobrevive y evoluciona al paso del tiempo
Acurrucada entre el Anillo Periférico y Circuito Médicos está Plaza Satélite: uno de los primeros grandes centros comerciales de México. Hoy cuenta 46 mil metros cuadrados, y continúa siendo un testamento al capitalismo mexicano. Otro de los grandes arquitectos mexicanos, Juan Sordo Madaleno fue quien diseño el espacio. A la fecha, el fideicomiso de inversión en bienes raíces (clave de pizarra SOMA21) que lleva su nombre es dueño de la plaza. Con el tiempo, Plaza Satélite creció y se volvió una parte íntegra de la comunidad.
Conforme la zona metropolitana de la Ciudad de México se expandió y las áreas alrededor de Satélite se volvieron centros industriales importantes, la violencia y la suciedad de la ciudad llegó a la comunidad.
Para quienes viven ahí, la plaza se volvió un espacio seguro, tranquilo. De cierto modo, Satélite finalmente llegó a su pico y se encontró donde muchos vecindarios similares en Estados Unidos se encuentran: sin un espacio neutro para su población más que el centro comercial.
Quienes viven en Satélite fueron atraídos a la plaza, que dicta sus patrones de consumo: que crece y se remodela para reflejar el paso del tiempo. Ni Pani ni Madaleno podrían haber imaginado lo que sus creaciones se volverían: espacios donde la gente existe en medio de la ansiosa urbanidad mexicana.
Cuando México entra a la década de los 2000, marcada por creciente violencia y la transición a la democracia, también se fortalecerían las políticas económicas neoliberales establecidas tras la crisis económica de 1994.
Negocios privados sobre el sector público, menos impuestos y regulaciones, más capital fluyendo del extranjero al interior. A la fecha, México cuenta con la economía más compleja de cualquier país hispano hablante según el índice de complejidad económica del O.E.C.
Bajo el gobierno de Felipe Calderón se crean las FIBRAs (fideicomisos de inversión en bienes raíces), vehículos muy similares a los REITs estadounidenses. Estos fideicomisos agilizaron en proceso de inversión extranjera para desarrollar propiedades en México. Con los años estas FIBRAs se han vuelto parte del tejido social; diseñando nuestras ciudades y nuestros espacios.
Las más notables: las plazas comerciales.

La importancia social de los centros comerciales
Mientras las ciudades se vuelven más sombrías, con una decreciente sensación de seguridad, los mexicanos acuden al centro comercial. Según un boletín de prensa de FIBRA Shop (clave de pizarra FSHOP13), la afluencia en sus centros comerciales a principios de 2021 ya superaba su pico en 2019, esto a pesar de estar en un periodo de pandemia. Las preocupaciones respecto a la resiliencia de las tiendas físicas en EE. UU. no se viven aquí: en México a la gente le gusta ir al mall.
Principalmente, porque no hay mucho más que hacer: la gente no se siente cómoda en los pocos espacios públicos disponibles. Los centros comerciales están casi libres de violencia, y cuando ocurre un crimen dentro de uno se convierte en un acontecimiento controversial en los medios.
Plaza Satélite se encuentra en una colonia regular, en un estado regular, y sin embargo es protegida por guardias armados con escopetas y rifles automáticos. Para la gente la presencia de seguridad privada con armas privadas en un sitio privado les hace sentir libres, de cierto modo, de lo que está en las calles.
Algunos líderes locales están tomando nota de esto y han tratado de crear más confianza en la policía, de crear calles peatonales, de reformar parques. Hemos visto olas de innovación en ciertos municipios con proyectos para crear policías comunitarias, parques sustentables, y reformar mercados y eventos en espacios públicos. Pero las FIBRAs también evolucionan.

Hoy en día, en Plaza Satélite hay un parque con áreas verdes y una trota pista donde antes se encontraban cajones de estacionamiento al aire libre. Pero el sentimiento comercial nunca se puede eliminar: música de fondo, clientes con bolsas de compra, anuncios en los costados de los edificios. Es casi imposible entrar a la plaza sin gastar dinero.
La ansiedad es palpable, sin importar cuantas plantas de lavanda flanqueen la trota pista, cuando levantas la mirada y observas camiones en la distancia y los espectaculares sobre la misma carretera vieja, nombrada en honor del Priísta Manuel Ávila Camacho.
El espacio seguro es finito.
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