Esta es la historia de Alberto Nicolat Talocín, un famoso ladrón de tiempos de la Revolución que pregonó ser un mesías.
20 de agosto de 1918. En un golpe de suerte, siete ladrones lograron entrar a las Fábricas Universales, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, y robar miles de pesos. La policía de la capital también corría con fortuna, pues rápidamente pudo detener a los criminales y presentarlos ante la ley. De ellos, uno se destacaba por su comportamiento irracional: murmuraba incoherencias, se golpeaba y tenía la mirada perdida. Su nombre era Alberto Nicolat Talocín.
Tras su arresto, las autoridades descubrieron que su detenido era buscado por decenas de robos cometidos desde tiempos de la Revolución. También que Nicolat había tenido una vida complicada y que, desde al menos una década antes, afirmaba ser un mesías enviado por la Virgen María para buscar la paz y convertir a Jalisco en la Nueva Jerusalén. Esta es su historia.
¿Quién fue Alberto Nicolat Talocín?
Nacido en 1879, producto de la relación de un migrante europeo y una indígena mexicana, Alberto Nicolat Talocín estuvo rodeado por la locura toda su vida. Su padre había perdido el control de su mente después de ser mordido por un perro rabioso, su abuela paterna fue interna del Hospital para Mujeres Dementes del Divino Salvador y una de sus hermanas atravesó por múltiples periodos de enajenación.
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A pesar de ello, nada había desencadenado un episodio de locura. Fue hasta su adolescencia, después de dispararle a un hombre que estaba golpeando a su papá, que comenzaron sus delirios. Su padre, en un intento por que el joven recuperara su lucidez, lo llenó de regalos y lo sacaba a fiestas. Le había salvado la vida y ahora él tenía que hacer algo para volver a hacer funcionar la mente de su hijo. Extrañamente, consentirlo funcionó y Alberto pudo superar la adolescencia sin mayores problemas.

Sin embargo, esto no duró por siempre. A inicios de la década de 1910, Alberto fue asaltado, golpeado y tirado al canal de Santa Anita. Al despertar el entonces alumno del Colegio Militar se halló en la Quinta de Salud del Doctor Lavista, un centro hospitalario dedicado a enfermos mentales. Su expediente había sido revisado y creyeron que había tenido un episodio como aquellos que experimentó en la adolescencia. Poco después fue dado de baja del servicio.
El mesías que vivió en el Hospital Psiquiátrico La Castañeda
Una noche tranquila de 1912, Alberto vio entre sueños a una doncella que le afirmaba que había sido elegido para propagar un mensaje de paz después de la Revolución. “Tú, el de la voz clara, sugestiva e impresionante, irás por los campos y caminos, y a las gentes que quieran escucharte dirás que la República Mexicana, la gloriosa, la querida, la respetada, la admirable, la idealista, si quiere ser grande, ha de buscar la paz”, le dijo.
En los años siguientes, Nicolat Talocín pregonó sus ideas de paz en diferentes estados de la República. En algunos lugares incluso atentaron contra su vida, pues lo consideraban un farsante; un falso profeta. Él se defendía no solo con las palabras y la intervención divina, también lo hacía con un arma que siempre llevaba cargada. A mediados de la década, el “mesías” se instaló en la Basílica de Guadalupe de la Ciudad de México y se autonombró un emisario de la virgen. Algunos creyentes cayeron en su historia y lo consideraron un santo.
Su fachada se destruyó cuando fue detenido por ordenes de Victoriano Huerta y, tras tres días en reclusión, fue condenado a morir por fusilamiento. De espaldas a una serie de militares con armas, Alberto tuvo un momento de claridad. El sonido de las balas provocó que volviera al patio de la cárcel. Dispararon salvas para asustarlo. A su lado, un hombre se acercó y le dijo: “No se asuste, amigo; esto es para que escarmiente y se deje de payasadas”, según menciona su expediente clínico.
Un loco, un anómalo, ¿puede ser un responsable?
La pausa en sus ‘payasadas’ duró poco. Necesitado de dinero, Alberto comenzó a robar a personas que lo dejaban entrar a sus casas. Él señalaba que no era su intención hacerlo, era una condición que no podía controlar. Lo mismo quiso argumentar en aquella noche de agosto de 1918, cuando fue encontrado con miles de pesos mientras escapaba de Fábricas Universales. Dijo que estaba en el lugar por accidente, que alguien le había aventado el dinero a sus pies y que una visión le había impedido hacer algo al respecto. Las autoridades no creyeron sus dichos, pero ordenaron que cumpliera una condena de seis años en el Hospital Psiquiátrico La Castañeda.
Allí fue observado por Gregorio Oneto Barenque, un practicante de medicina que consideró que Alberto podía estar fingiendo su condición. En su tesis ‘Un loco, un anómalo, ¿puede ser un responsable?’, el experto puso sobre la mesa que Nicolat Talocín sabía de una norma en el Código Penal que impedía que a los enfermos mentales se les pudiera fincar responsabilidades en delitos y se recomendaba su tratamiento en lugar de su reclusión.

A la par de desarrollar una relación cercana con el criminal presuntamente loco, Oneto Barenque –que después realizaría estudios con el asesino serial Goyo Cárdenas– encontró síntomas de paranoia en su paciente, pero no era un enfermo psiquiátrico. De hecho, había tenido la habilidad para construir un personaje que sufría todo tipo de fracturas mentales que justificarían cualquier acto que cometiera. Todo era parte de su plan para seguir en la impunidad.
¿Qué pasó con Alberto Nicolat Talocín?
De acuerdo con múltiples fuentes, Alberto Nicolat Talocín salió de La Castañeda e intentó llevar una vida lejos de la ilegalidad, más no pudo cumplir con ello. Se volvió alcohólico, siguió robando en tiendas del Centro de la Ciudad de México y regresó constantemente a La Castañeda.
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En febrero de 1932, Alberto fue detenido robando más de 15 mil pesos de una caja fuerte de un almacén ubicado en República de Ecuador. Durante su juicio, el hombre apeló sufrir demencia y pidió que lo enviaran de regreso a La Castañeda. La justicia, sin ninguna otra herramienta que aplicar, concedió la petición.
Por última vez, el ladrón, “mesías” y “hombre loco” pisó el lugar donde podía sentirse cómodo huyendo de la ley. Dos meses después fue encontrado muerto en su habitación. Una insuficiencia renal que lo aquejó por décadas le había costado la vida. Así, en silencio, terminó la historia de un hombre que estuvo rodeado por la locura e incluso la abrazó como parte de su personalidad para salirse con la suya. Qué mejor prueba para comprobar que estaba cuerdo.
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