Retrato de Charles Manson al momento de ser aprehendido en 1980. Foto: Albert Foster/Mirrorpix/Getty Images
Genios incomprendidos. Mentes maestras cuyas obsesiones fueron mal canalizadas. Profesionales que el mundo y los medios demonizan en favor de una narrativa criminalística opresora. Todas éstas son justificaciones que revisiones históricas cuestionables han realizado sobre los perfiles de asesinos seriales. En un afán de recuperar algo de su humanidad —o de generar controversia mediática—, un sinnúmero de casos han caído en apologías de la violencia. Estos son algunos contra-argumentos a estas propuestas:
Cuando se realiza el perfil de una persona, uno de los imperativos periodísticos es mostrar sus matices. En lugar de caer en la falacia de mostrarles como seres oscuros, malvados y sin una historia detrás, se supone que habría que mostrar sus luces y sus sombras. El caso de los asesinos seriales es delicado en este terreno.
Si bien es cierto que algunos padecen algún tipo de anomalía o enfermedad mental —que incide a nivel psiquiátrico y químico en el cerebro—, la realidad es que en el caso de los asesinos de mujeres, se trata de feminicidas seriales. Ésta es, según el sistema penal mexicano, “la forma más extrema de violencia contra la mujer” y según INEGI, cada día ocurren 10 feminicidios en México.
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Demonizar a los asesinos seriales es quitarles la dimensión humana. De esta manera, se excusan sus crímenes detrás del velo de convertirse en seres satánicos, cuya maldad sobrepasa los límites terrenales y el sentido común. Lo cierto es que este tipo de criminales no son monstruos. Por el contrario, son generalmente hombres cuyas acciones pasan impunes al convertirse en íconos mediáticos.
De acuerdo con Bonn, es falso pensar que los criminales en serie sean personas solitarias que desconocen a la sociedad. Por el contrario, muchos de ellos son notablemente funcionales, tienen vidas activas y aparentemente saludables, y desempeñan sus labores en el trabajo como personas normales.
Un fenómeno es común entre los casos que se han estudiado con más detalle: todos tienen una doble vida. La primera se inserta casi a la perfección en la cotidianidad. La segunda, generalmente secreta e impenetrable, está dedicada al desarrollo de actividades fuera de los límites legales.
Se tiene una concepción errónea con respecto a la genialidad malvada de los asesinos seriales. La realidad es que, en efecto, muchos de ellos carecen un filtro ético que les permita empatizar con sus víctimas. Esto no quiere decir que sus acciones deberían de pasar impunes, o que sean mentes brillantes para nada.
Por el contrario, siguen patrones patológicos que terminan en homicidios intencionales, muchas veces planeados con limpieza y exactitud. En otros casos, los resultados son escandalosos, sucios y pensados para causar un efecto mediático sobre el caso en cuestión. Depende mucho del perfil de cada criminal.
Aunque esto es cierto, diversos casos registrados por la policía estadounidense descartan la posibilidad de que los enjuiciados padezcan de algún tipo de anomalía psicológica o mental. En el otro extremo, tampoco destacan por su lucidez intelectual. Por el contrario, sus motivaciones, técnicas y modus operandi son diversos —y cada uno de ellos debería de ser castigado por la ley.
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