Siguiendo al pie de la letra la expresión latina Mens sana in corpore sano (mente sana en cuerpo sano), muchos científicos a lo largo de la historia han encontrado en los deportes una gran herramienta para lidiar con las interminables horas de investigación.
Poco más de cuatro centímetros separaron a este ingeniero, físico y atleta estadounidense de lograr una medalla áurea en los Juegos Olímpicos de 1952, que se celebraron en Helsinki (Finlandia). Le apodaban “Flash” y compitió en carreras de velocidad, de obstáculos y salto de longitud. Fue en esta categoría donde casi logra imponerse.
Este premio Nobel de Física sentía fervor por el futbol. Durante su etapa universitaria formó parte del equipo de la Universidad de Copenhague (Dinamarca) y, junto con su hermano Harald, jugó varios partidos en el histórico Akademisk Boldklub, fundado en 1889. Ocupaba la posición de portero.
Crédito: The American Institute of Physics
Fermi, quien ganaría el Nobel de Física en 1938 por su trabajo con isótopos radiactivos, tenía un físico poderoso y era una persona extraordinariamente competitiva, cualidades que demostraba, por ejemplo, cuando jugaba al tenis. Sus oponentes decían que en la cancha se comportaba “como una auténtica bestia”. También practicaba la natación y el alpinismo.
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A pesar de que no lo practicaba tanto como le gustaría, Ochoa, premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1959, sentía un gran amor por el atletismo. Llegó a afirmar, incluso, que uno de sus grandes sueños que no pudo cumplir fue participar en unos Juegos Olímpicos.
A ese cosmólogo y divulgador científico le encantaba el baloncesto y, al parecer, se le daba bastante bien. Tanto es así que mientras seguía sus estudios secundarios fue capitán del equipo de su escuela. Sagan practicaba este deporte desde muy pequeño y le gustaba por dos motivos principales: la competitividad y la diversión.
Para uno de los científicos más importantes de la historia, Einstein, uno de sus pasatiempos favorito era caminar. Cuando no estaba inmerso en sus estudios, el científico más famoso del siglo XX seguía esta afición a rajatabla. Todos los días andaba unos cinco kilómetros, un paseo de ida y vuelta desde su casa hasta la Universidad de Princeton (Nueva Jersey), donde daba clase.
Todo lo relacionado con la fuerza atraía a Ramón y Cajal de la misma manera que lo hacía la medicina, disciplina en la que fue galardonado con el Nobel en 1906. De hecho, fue fisicoculturista. En su juventud, tras perder un juego de vencidas con un amigo, decidió ganar músculo. Puso tanto empeño que acabó con una increíble forma física: bíceps y tríceps definidos, espalda ancha y corpulenta y, tal como escribió él mismo, “una circunferencia torácica que excedía los 112 centímetros”.
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Las investigaciones de este biogeólogo, cosmólogo y ecólogo, uno de los pioneros del ambientalismo, impulsaron de forma notable nuestro conocimiento sobre el origen de la vida en la Tierra. En 1930 se enlistó en la Marina estadounidense, donde pasó tres años. Allí, muy pronto se convirtió en campeón de boxeo amateur de peso gallo.
Este matemático danés –hermano del célebre físico Niels Bohr– fue una figura clave en el Proyecto Manhattan, que acabaría cristalizando las primeras armas atómicas. Jugaba de centrocampista en la selección danesa de futbol y contribuyó a que el equipo olímpico de su país consiguiera una medalla de plata en Londres 1908 –en un partido memorable, Dinamarca venció a Francia 17 a 1–. De hecho, a la lectura de su tesis acudieron más aficionados al futbol que matemáticos.
En su juventud, este ingeniero y astronauta que se convirtió en el segundo humano en pisar la Luna (el primero fue Neil Armstrong) resultó ser un entusiasta del deporte en general y del futbol americano en particular. Le gustaban los deportes. Jugaba como quarterback en secundaria y practicó el salto con garrocha durante un tiempo, hasta que entró en el ejército. Aldrin seguía un programa muy riguroso de ejercicios y una alimentación sana.
Textos: Sahara Romero
Fuente: Revista Muy Interesante México / abril 2019 / No. 04
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