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De acuerdo con la definición de la Real Academia Española, una superstición es a) “Una creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la razón” y b) “Una fe desmedida o valoración excesiva respecto a algo”. Por Guadalupe Alemán Lascurain
Suena bien, excepto porque la religión de unos puede ser la superstición de otros, y viceversa. Por otra parte, sería injusto catalogar como supersticiones a todas las creencias que no pueden fundamentarse empleando el método científico.
Desde el ateísmo se ha dicho que la religión no es sino superstición sistematizada; sin embargo, como la palabra “superstición” incluye un juicio negativo –pues arrastra las connotaciones de “infantilismo”, “irracionalidad” y “primitivismo”– las religiones organizadas hacen hasta lo imposible por deslindarse de ella.
En aras de la objetividad, tratemos de señalar las similitudes y diferencias entre estos “parientes incómodos”. Primero, las similitudes: Tanto las religiones tradicionales como las supersticiones asumen la presencia de fuerzas inmateriales que influyen sobre nuestras vidas como: “Dios”, “dioses”, “ángeles”, etcétera.
Por último, tanto las personas religiosas como las supersticiosas deben llevar a cabo ciertos actos (rezos, conjuros, rituales) y evitar otros con el fin de garantizar que no serán víctimas de las fuerzas supranormales.
Ahora, las diferencias. Una teoría dice que la palabra “religión” viene del latín religionem, que significa “respeto o temor a los dioses”. Otra sostiene que viene de religare, pues implica ligar o unir a la persona con Dios. De acuerdo con Cicerón, su origen está en relegere (releer), término que alude a la tradición de leer textos sagrados.
En cambio, “superstición” viene del latín super y stare o “permanecer sobre”, es decir, “sobrevivir”. Y es que, para los antiguos romanos, la palabra estaba relacionada con la idea de trascender a través de la realización constante –por no decir obsesiva– de ciertos rituales.
En suma: mientras la religión se propone como un sistema que agrupa, vincula y ordena (al menos en teoría), la superstición se define a partir de creencias erróneas, injustificadas o distorsionadas.
He aquí varios ejemplos de supersticiones muy extendidas en Occidente:
Algunos historiadores opinan que esta creencia se debe a que el martes era el día de Marte, dios romano de la guerra, considerado más tarde por la Iglesia católica como “diabólico”. El horror a este día fue tan grande que durante la Edad Media la gente ni siquiera lo nombraba: prefería llamarle “el pequeño maléfico”.
Al parecer, esta superstición surgió en Inglaterra durante el siglo XVIII. Nadie sabe exactamente por qué: algunas personas dicen que si abres un paraguas dentro de tu casa es como si desconfiaras de la protección que te brinda tu propio hogar, lo cual atrae desgracias.
Durante la Edad Media se pensaba que los gatos (y sobre todo los negros) eran ayudantes de las brujas o reencarnaciones del diablo. Por culpa de esta superstición muchos gatos fueron quemados vivos o torturados, y todavía hay gente que les teme.
Para los antiguos romanos, la vida se renovaba cada siete años. Como pensaban que al romper un espejo se ‘rompía’ la salud, siete años debían transcurrir antes de recuperarla.
Hasta hace relativamente poco se creía que todo lo relacionado con el lado izquierdo era malévolo. Esta superstición tiene múltiples corolarios, como: es necesario que tu primer paso al salir de la cama sea con el pie derecho.
Las culturas orientales tienen otras supersticiones que pueden parecernos todavía más ‘absurdas’. Para muestra van estas cuatro que provienen de Japón:
De acuerdo con un estudio de la Universidad de Kansas dirigido por el psicólogo Scott Fluke, hay tres razones principales por las cuales una persona se vuelve supersticiosa: para convencerse de que así adquiere control sobre situaciones inciertas, para reducir los sentimientos de impotencia ante la incertidumbre de la vida misma y porque adoptar conductas supersticiosas es más fácil que adquirir habilidades de enfrentamiento.
La persistencia de las supersticiones obedece a una profunda necesidad psicológica: la de otorgar coherencia y sentido a los hechos que, sin el amparo de alguna forma de fe, se presentan como azarosos y caóticos.
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