Imagen: Zumma Press
En la raíz de esta música distintiva se encuentra el testimonio oral de la lucha rastafari por preservar su identidad religiosa y cultural en Jamaica.
La fe que en su tiempo difundiera Bob Marley se centra en la creencia en un dios llamado Jah, abreviatura de Yavé, que en el pasado siglo XX ‘tomó forma humana’ en la persona del emperador etíope Haile Selassie I. Ésta sería la tercera reencarnación de dicha deidad; la segunda se habría obrado en el rey bíblico Melquisedec, y la primera, en Jesús.
Elementos cristianos y judíos se cruzan y funden en el catecismo rasta, nombre que viene de ras, título que ostentaba la alta aristocracia de Etiopía, única nación africana que permaneció independiente en tiempos del colonialismo europeo.
Esta peculiaridad, sumada al hecho de que el ras Tafari Makonnen –nombre y título que previamente tuvo el divino emperador– fuera considerado el último descendiente de Salomón, constituyeron una mística que encajó muy bien en el vacío de identidad sentido por los afroamericanos jamaiquinos.
Por eso, los seguidores de esta creencia, que en la actualidad suman casi un millón, mantienen la vieja bandera del país africano como símbolo.
Los preceptos y rituales rastafaris fueron definiéndose a medida que se esparcía por los barrios de Kingston, la capital de Jamaica, en la década de los 30.
Aunque, ante todo, se debieron a la labor visionaria de Marcus Garvey, a quien se llegó a considerar la reencarnación de san Juan Bautista. Él fue quien anunció la celestial llegada de un rey negro africano tres años antes de la coronación de Haile Selassie, enalteciendo así el trasfondo de nostalgia del paraíso perdido en el Continente Negro.
También fueron sus pautas las que proyectaron un ser superior más cercano. En palabras del padre Jermaine, de Saint Andrews, Jamaica, “Jah es un hombre común, que va al baño, que tiene hijos con su mujer…”.
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Tan humano y divino es todo que el cuerpo no se debe alterar; de ahí que muchos creyentes no se corten el pelo y lo recojan en las famosas rastas, que no dejan de traspasar modas.
Por las mismas razones, los más devotos tampoco se rasuran la barba y no atienden la vestimenta.
Su espiritualidad los aleja del consumismo capitalista y también de la gula: mantienen una dieta muy liviana y vegetariana, de la que están excluidas las pieles de ciertos animales o los peces con escamas.
Beben sobre todo té de hierbas y tienen prohibido el alcohol y otras drogas, salvo la ganja –– término usado por los rastafari para llamar a la marihuana–– y que usan exclusivamente en rituales de meditación.
La difusión mundial que para la fe rastafari supuso la música reggae en los años 70 y posteriormente también, puso en evidencia su racismo, pues sólo contempla a la raza negra pura, que hoy en día trata de contemplar a ciertas personas blancas.
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