Fotografía: MD Durán / Unsplash
El debate sigue abierto en la discusión pública. Específicamente, en las redes sociales, donde parece muy trendy subir una historia de Instagram en la que figure un platillo vegetariano. Hay gente más comprometida que decidió decirle adiós a todos los productos venidos incluso lejanamente de animales, y portan la etiqueta del veganismo con un honor casi moralizante. Sin embargo, más allá de las poses sociales, comer bien se ha tornado hoy en día en una cuestión de crisis climática.
Un equipo de investigadores con experiencia en sostenibilidad alimentaria y evaluación del ciclo de vida ambiental de la Universidad de Michigan se dispuso a explorar a qué nos referimos exactamente con comer bien. Ya no se trata, únicamente, de un enfoque antropocéntrico, en el que se observe rigurosamente la figura en aras de una estética europea.
Por el contrario, el estudio se centra en cómo balancear una dieta saludable con un impacto menos negativo en el planeta. Con una crisis ambiental potencialmente catastrófica en la puerta, la cuestión toma un matiz diferente al de simplemente ‘estar en forma’. Para ello, según el artículo para The Conversation, se consideraron 15 factores de riesgo dietéticos específicos:
“Combinamos 15 factores de riesgo dietéticos basados en la salud nutricional con 18 indicadores ambientales para evaluar, clasificar y priorizar más de 5,800 alimentos individuales”, escriben Olivier Jolliet y Katerina S. Stylianou, autores principales del estudio.
Su premisa era puntual: averiguar si toda la población del mundo necesita hacerse vegana para contrarrestar, de manera definitiva, la emergencia climática derivada de la producción e ingesta de alimentos. A la par, investigaron cuántos minutos de vida se restan en promedio para una persona cuando deja de comer bien. Estos fueron los resultados.
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Los resultados fueron publicados en Nature Food, y calculan los “beneficios o impactos netos de cada alimento“, según escriben los autores. Para ello, desarrollaron un “Índice de Salud Nutricional”, que traduce esta información a minutos de vida perdidos por tamaño de porción consumida. Asimismo, la variedad de opciones sustentables es notablemente más flexible de lo que se pensaba antes.
Uno de los más escandalosos fue el caso del hot dog. Según este parámetro, la ingesta de uno solo puede restar hasta 36 minutos de vida ‘saludable’. En contraste, señalan Jolliet y Stylianou, comer 30 gramos de semillas aporta una ganancia de 25 minutos de vida de calidad, libre de enfermedades.
Aunque cada cuerpo es distinto, los estimados de este índice nutricional ilustran un panorama general para un cuerpo promedio. El estudio demostró que sustituir tan sólo el 10 % del consumo de carne roja podría reducir la huella de carbono de las personas significativamente, y le sume al menos 48 minutos de vida saludable al día. Esto no quiere decir, bajo ninguna circunstancia, que todo el mundo debería de dejar la carne roja.
Las necesidades de cada organismo son diferentes. Sin embargo, con cada día que pasa queda más claro que una nueva ética debería de regir las formas de producción de alimentos. Como es evidente que la industria no cambiará a menos que los patrones de consumo se modifiquen, la responsabilidad recae en quien compra esos productos. Hoy en día, comer bien también es una cuestión ambiental.
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