Según una vieja tradición popular, referida en el libro Blockes-Berges Verrichtung del escritor alemán del siglo XVII Johannes Prätorius, la noche entre el 30 de abril y el 1 de mayo las brujas y seres demoniacos se reúnen para celebrar sus rituales. Cientos de hechiceras montadas en sus escobas atraviesan el cielo mientras sueltan carcajadas terribles que hielan la sangre a niños y adultos.
Estas damas consagradas al demonio vuelan en espantosa peregrinación rumbo a la montaña de Brocken, la cumbre más alta de la Sierra del Harz, en Sajonia Anhalt, Alemania. Ahí las espera una divinidad maligna: un macho cabrío que representa a Satanás y con el cual sellarán su pacto.
De acuerdo con la leyenda, asistir a estas comilonas era una obligación para las brujas. Para poder volar y reunirse con sus compañeras, se untaban una ‘pomada’, el vómito o el elíxir que se desprende de los sapos venenosos. Otros señalan que era una mezcla de muérdago, datura, belladona y cicuta. Al llegar al sitio convenido comenzaban los bailes alrededor del fuego, donde todas las participantes formaban un gran círculo. Al finalizar, se casaban con el diablo, y éste las marcaba con su signo, el cual les daba la capacidad de hacer conjuros y magia. Tal es la celebración del walpurgisnacht o ‘noche de las brujas’.
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Comentada en el Fausto de Goethe (publicado entre 1790 y 1833), y mencionada en la obra Drácula, de Bram Stoker, la noche de Walpurgis (o Walpurgisnacht, en alemán) es marcada como la fecha más espeluznante del año para las regiones de Europa central y del norte. Ésta, al igual que la noche de los santos difuntos aquí en México, se considera impregnada de una tremenda energía y misticismo, ya que es durante esta velada que las puertas entre los vivos y los muertos se difuminan y algunos seres demoniacos como las brujas y los hombres lobo se reúnen para adorar al mal.
Brocken es el más famoso de los lugares donde el folclor señala que se llevan a cabo estas liturgias. Debido al temor de que las brujas y otros seres fueran a las poblaciones a causar estragos, las personas se protegían por medio del fuego; encendían enormes hogueras, y adornaban los portales de las casas con crucifijos y ramos de hierbas. Como se pensaba que eran capaces de volar en las escobas, éstas se ponían con los cepillos hacia arriba para evitar que las usaran.
Otro elemento que no podía faltar para guarecerse de aquellas malvadas era el ruido: las campanas de las iglesias tañían toda la noche, y el chasquido de los látigos, trabajo realizado por los hombres solteros de la comunidad, mantenía a raya a las brujas, que no podían hacer ningún daño.
“Es el poder de la luz”, comenta el español Jesús Callejo Cabo en su libro Breve historia de la brujería, “dos buenos aliados para espantar a los demonios y a sus discípulos humanos”.
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Durante la Edad Media en Alemania estas celebraciones del primero de mayo se hacían en nombre de Santa Walpurgis o Walburga (710-779), a quien se invocaba para pedir protección contra la brujería, y cuyo festejo convenientemente coincidía con el aquelarre de las brujas. Esta mujer de origen inglés fue una de las misioneras que junto a San Bonifacio, obispo de Germania, y quien era su tío por vía materna, expandió el cristianismo en tierras germánicas durante el siglo VIII, cuando las religiones paganas todavía estaban muy arraigadas en esta zona. Sus esfuerzos la llevaron a convertirse en abadesa de Heidenheim, cerca de Eichstätt.
Un siglo después de su muerte, cuando sus restos fueron trasladados, se le comenzó a venerar como santa debido a que, según se decía, de sus reliquias brotaba un aceite que “protegía de los maleficios y hechicerías”. Tan fuerte era su poder, que de acuerdo con una leyenda, el mismo diablo la llevó a Brocken durante una noche de verbena, y ella casi terminó por convencerlo de que se convirtiera al cristianismo.
La festividad de Walpurgis es un ejemplo más de cómo ciertos ritos paganos fueron asimilados por el cristianismo. Antes de que se encomendara esta noche a la santa y de que las brujas y demonios fueran parte de la creencia medieval, los antiguos germanos celebraban por estas fechas el solsticio de verano. En aquellas tierras la venida de días más largos a inicios de mayo seguro fueron motivo de felicidad.
Se trataba de una fiesta en honor a los espíritus y dioses de la fertilidad y de la transición de estaciones; en realidad nada tenía que ver con ritos diabólicos ni hechicerías. Es posible que esa noche consagrada a Santa Walpurgis, fuera la forma que la religión cristiana tenía para desbancar festividades anteriores a ella. Es el caso del festival celta de la fertilidad, el cual estaba relacionado a Belenus, el dios de la Luz, el Sol y el fuego, y cuyo culto máximo, las Baltené, se celebraban el primero de mayo, justo cuando el ganado era llevado a los campos verdes de vuelta a pastar, y del cual uno de los principales festejos era encender grandes fogatas, alrededor de las cuales la gente danzaba, costumbre que durante la Edad Media sería vista con connotaciones diabólicas y daría origen a su vez a la noche de brujas como celebración demoniaca.
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