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Muchos se preguntan por qué el consentir demasiado a sus perritos es una mala práctica contra ellos, por eso te decimos por qué humanizar a los perros es malo, e incluso considerado en muchas partes como maltrato animal.
Y es que verás: aunque parezca obvio, muchos humanos tienden a olvidar que los animales de compañía son animales, con necesidades propias de su especie.
Estas personas tratan a sus perros como bebés consentidos. A lo mejor tienen las mejores intenciones del mundo, pero… ¿qué crees? Sin darse cuenta, están haciendo daño a sus “perrhijos”.
En casos extremos, la humanización de las mascotas puede ser un acto de crueldad y de maltrato animal.
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Hablemos de Daisy, una tierna perrita yorkshire terrier de 5 años de edad (que equivalen más o menos a 39 años humanos).
La responsable humana de Daisy es la señora Petunia. Siempre que salen a pasear a la calle, Daisy viaja bien arropadita en una carriola de bebé o adentro de una bolsa de diseñador.
A la señora Petunia le gusta ponerle moños a Daisy; y en ocasiones especiales, un disfraz de calabacita o un tutú de bailarina. Cada noche, mientras ven tele juntas en el mismo sofá, las dos comparten la cena, que puede ser pizza, salchicha o panqué de chocolate.
“¡Sólo lo mejor para mi Daisy!”, suele decir la señora Petunia, quien hace poco organizó una fiesta de cumpleaños para su mascota.
Hubo globos, serpentinas, invitados (niños de la cuadra) y hasta un pastel de paté en forma de huesos.
De vez en cuando, Daisy se muestra inquieta y mordelona, y le da por hacerse pipí en todos los rincones de la casa… pero la señora Petunia le perdona todo con una sonrisa.
Queda claro que la señora Petunia ama a su mascota. Sin embargo, nunca se ha preguntado: “¿Es el tipo de amor adecuado para una yorkie? ¿Le gusta a Daisy vivir así?”
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La relación entre los seres humanos y los perros comenzó hace miles de años, y por eso, a veces nos resulta difícil entender que el cerebro de un can no funciona exactamente igual que el de un Homo sapiens.
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Para empezar, tu perro cree que tú también eres un perro, y que todos los integrantes de la familia (incluyéndolo a él) forman parte de la misma manada. Eso significa, en parte, que necesita reglas claras.
Su “programación” natural le exige saber quién manda y quién obedece dentro de la manada. Si dejas a Fido hacer todo lo que se le da la gana (desde dormir en tu almohada hasta comerse tu cena), le estás diciendo que él es el jefe.
¿Suena cool? No tanto: esa responsabilidad confunde y estresa a tu amigo canino, quien naturalmente preferiría ser guiado por los humanos.
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De acuerdo con César Millán, uno de los expertos en conducta animal más conocidos del mundo, cuando humanizamos a un perro lo alejamos de su instinto animal y lo desorientamos.
Esto puede traer consecuencias muy graves, tanto física como psicológicamente. Algunas de ellas son:
Un perro necesita correr, pasear, olfatear, jugar a la pelota, etcétera. Si se le niegan estas necesidades básicas, cosa que suele suceder cuando es tratado como un frágil muñequito, se estresa y se pone nervioso.
Un “lomito” sobreprotegido rara vez tiene oportunidad de convivir con los de su propia especie, así que al toparse con perros que se portan como perros, puede asustarse o ponerse agresivo.
Precisamente porque no puede sacar su energía de forma natural, el perro humanizado tiende a caer en conductas obsesivas, por ejemplo: destruir cosas, morderse su propia cola o pata, aullar todo el día, etcétera.
Como viven pegados a sus dueños, los “perrhijos” humanizados sienten angustia y abandono si llegan a quedarse solos, aunque sea un ratito.
Imagínate otra vez a la señora Petunia, dándole a Daisy toooooda la comida que pide: desde pasteles y salchichas hasta dulces. Obviamente, es probable que la perrita engorde hasta tener problemas de salud.
Por todo lo que acabas de leer, queda claro que el amor a un perro empieza por respetar su naturaleza. No quiere decir que dejes de consentir a tu amigo canino, sólo que tomes en cuenta lo que en verdad necesita para ser feliz:
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El último punto de la lista puede sonar raro, pero es súper importante. Cuando le pones límites a tu perro (de manera firme pero cariñosa, obvio), le permites saber cuál es el lugar que ocupa dentro de la manada, qué esperas de él y cómo debe portarse para complacer a sus humanos.
En otras palabras, le das confianza y seguridad en sí mismo porque aceptas su esencia perruna. Es un gran regalo, ¿no crees?
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