Foto: Getty Images
Ilusionismo, impresión de billetes falsos, estafas multimillonarias. Todas éstas habían sido hazañas fáciles de concretar para el “Conde” Víctor Lustig antes de llegar a los cincuenta años de edad. El 27 de abril de 1936, lo subieron a un Ferry hacia Alcatraz, tras años de búsqueda por parte de las autoridades internacionales: era el estafador más grande del mundo, que consiguió vender la Torre Eiffel dos veces.
El “Conde” se vestía como todo un dandy. La gente que se cruzó por su camino decía que tenía un encanto hipnótico: hablaba no menos de cinco idiomas fluidamente, y se ganó la mirada de los medios por parecer “un personaje de libro de cuentos“. La misma bruma fantástica con la que se envolvió le permitió eludir la ley con soltura por años, acumulando una extensa carrera criminal.
Eso sí: The New York Times lo describió por ser “un noble reservado y digno“. Algo de este refinamiento le ganó la confianza de inversionistas importantes, para quienes tenía mil rostros diferentes. Se tiene registro de 47 pseudónimos distintos que usó para estafar a cientos de personas. Valiéndose de sus doce pasaportes diferentes, diseñó una red de engaños tan impenetrable que, al día de hoy, su identidad verdadera sigue oculta.
Lustig llegó a París en mayo de 1925 para concretar el negocio que le ganaría un espacio en la Historia. Ya era famoso por sus múltiples técnicas de falsificación, por lo que mandar a hacer un sello oficial del gobierno francés no fue una hazaña. Se presentó en la recepción del Hôtel de Crillon, en la Plaza de la Concordia.
Vestido con sus trajes habituales, entró al lobby del hotel como si le perteneciera. Ese día, decidió personificar a un prestigioso funcionario público de Francia: el “Conde” le escribió a los líderes de la industria de desechos metálicos, y los invitó a una reunión ahí mismo.
Cuando llegó el último de los invitados, un silencio se hizo en la sala. Aclarándose la garganta, Víctor Lustig anunció lo siguiente:
“Debido a fallas de ingeniería, reparaciones costosas y problemas políticos que no puedo discutir, la destrucción de la Torre Eiffel es obligatoria”.
Siguiendo esta lógica, la torre emblemática de París sería vendida al mejor postor. Sus ademanes y la seguridad con la que pronunció cada una de sus palabras convencieron a todos los presentes, sin darse cuenta de que estaban frente a un estafador de talla mundial.
Fue así como concretó su primera venta. Un par de días más tarde, decidió citar a otros mandatarios y personas influyentes para montar la misma escena. Por segunda vez, en menos de un mes, logró salirse con la suya: engañó a otro multimillonario, haciéndole creer que había adquirido la Torre Eiffel.
La actuación fue tan convincente que, en ambas ocasiones, aquellos que asistieron a la reunión salieron convencidos de que era una maquinación del gobierno francés. Tanto así, que el primer estafado ni siquiera reportó el incidente a la policía: al enterarse que había sido timado, sintió tal vergüenza que decidió no hacer nada al respecto —en un primer momento, por lo menos.
Encontrar a Lustig no fue nada fácil. Logró escapar de Francia después de concretar sus dos ventas millonarias del mismo inmueble público, y decidió regresar a Estados Unidos para moverse entre varias ciudades pequeñas.
Sin embargo, el 28 de septiembre de ese año, se desató una persecución digna de Elliot Ness en Pittsburgh. Dos agentes federales consiguieron detener el vehículo en el que iba Victor Lustig. Al rendirse, lo único que dijo a los medios de comunicación fue: “Bueno, chicos, aquí estoy“.
Después de largos años de vivir al margen de la legalidad, confesó ante la corte que su motivación más fuerte era hacerse rico. Quienes lo conocieron, aseguraban que era encantador, culto y de modales muy refinados. Dalia Ventura, corresponsal para la BBC, asegura que un agente encargado del operativo de su captura lo describió como sigue:
“[…] tan elusivo como una nube de humo de cigarrillo y tan encantador como el sueño de una chica joven”.
Tras un juicio extenso, fue condenado en Nueva York a cumplir con 20 años en Alcatraz.
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