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Aunque hoy forman parte de la cultura popular, los vampiros fueron considerados en algún momento como “seres infernales” reales. Esta concepción, aunque se apoyaba enteramente en nociones religiosas, tomó impulso gracias a la proliferación de dos enfermedades cuyos síntomas se asociaban a la descripción general de los “chupasangre”. Aquí te contamos cuáles fueron esas enfermedades.
Según historiadores, las primeras referencias por escrito de la existencia de los vampiros se dieron alrededor del año 1047 en Europa del Este. Sin embargo, estos no eran más que figuras espirituales que podían aparecer en los rituales en honor a los muertos.
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Con el tiempo, el concepto se transformó y “el mal” comenzó a ser atribuido a los seres humanos. Más allá de las diversas interpretaciones en el folclor, los vampiros fueron en algún punto aquellos que llevaban una vida alejada de la sociedad. También quienes no se regían por el impulso religioso de la época, quienes no estaban bautizados o quienes elegían la muerte por suicidio. De la deformación popular del mito surgieron los “vampiros reales”.
En su momento, la creencia popular indicó que estas personas podían volver de la muerte y convertirse en un auténtico riesgo para la población. Por ello, profanaban su cuerpo y realizaban ceremonias en las que tomaban ciertas medidas tradicionales para “impedir su regreso”, desde clavar una estaca en el pecho o cuello del cadáver hasta cubrir el cuerpo con ajo.
A mediados de los años 1700, las víctimas de dos enfermedades que azotaron el continente europeo también fueron señaladas como vampiros gracias a los síntomas que desarrollaron.
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Una de ellas fue la rabia. Esta enfermedad viral, que se transmite a través de las mordeduras, causaba que sus pacientes perdieran el control y desarrollaran otros signos notablemente conectados con la mitología de los vampiros. Por ejemplo, la imposibilidad de tomar agua o tragar su propia saliva (que se comparó con la hidrofobia que caracteriza a los entes fantásticos) o la irritabilidad ante la luz.
Los pacientes con pelagra también cargaron con el estigma de los “chupasangre”. La deficiencia de vitamina B3 causaba que quienes la sufrían experimentaran alta sensibilidad a la luz solar y palidez extrema en la piel. Además, la enfermedad generaba problemas de dermatitis y demencia, por lo que la gente la justificaba con asuntos que obviaban a lo médico.
Afortunadamente las sociedades han avanzado y la amenaza de los vampiros revelados por enfermedades ha desaparecido. De lo contrario, los afectados por cualquiera de las pandemias que han afectado y afectarán a la población mundial correrían el riesgo de ser señalados como las representaciones carnales de los habitantes del infierno.
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