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La creación de métodos para revivir a seres biológicos es uno de los temas más complicados y polémicos dentro de la escena científica. Sin embargo, esto no ha impedido que haya especialistas que dedicaron su vida e incluso perdieron su prestigio en la búsqueda de devolver la vida a los muertos. Este fue el caso del científico estadounidense Robert E. Cornish, responsable de un extraño experimento que buscó resucitar a los muertos con un columpio.
Nacido el 21 de diciembre de 1903, Robert E. Cornish estaba destinado a hacer historia dentro de la ciencia. Calificado como un niño prodigio interesado en las ciencias, el estadounidense terminó la preparatoria a los 15 años, se graduó con honores de la carrera de biología en la Universidad de Berkley tres años después y a los 22 ya había recibido un doctorado.
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Debido a su fama, el doctor Cornish fue rápidamente contratado como investigador científico por su alma máter. En los laboratorios de Berkley pudo desarrollarse en diversas ramas y concebir experimentos que no eran del todo ortodoxos, como aquel que permitía leer periódicos bajo el agua mediante el uso de unos lentes especiales.
No obstante, el mayor aporte que la universidad californiana dio a la carrera de Cornish fue la posibilidad de analizar cadáveres humanos y animales. De ahí surgió una de las ideas más extrañas que la ciencia moderna pueda encontrar entre sus registros; una a la que Cornish le dedicaría gran parte de su vida, poniendo su renombre en riesgo: revivir a los muertos con un columpio.
En 1933, el doctor puso en marcha un experimento que buscaba revivir a los recién fallecidos moviendo su cuerpo de arriba a abajo con un columpio de plano inclinable. Con esto, Cornish aseguró que la sangre podía reiniciar su circulación, propiciando que se reactivaran las funciones del cerebro y el corazón.
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Aunque sus pruebas con personas que habían fallecido a causa de ataques al corazón, ahogamiento y electrocución no funcionaron, el biólogo no se rindió y decidió continuar con su experimento ahora con perros. Durante los siguientes dos años, el polémico investigador sometió a cinco perros recién dormidos a su procedimiento, ahora mejorado con la aplicación de altas dosis de epinefrina y anticoagulantes. De los 5 fox terriers analizados –todos llamados Lazarus en referencia al pasaje bíblico que refería la resurrección de un leproso– solo dos pudieron regresar a la vida (Lazarus IV y V).
“Robert E. Cornish, biólogo californiano que sorprendió a la comunidad científica al revivir a un perro clínicamente muerto, recientemente repitió el éxito de su experimento original con resultados aún más prometedores”, se lee en un recorte de periódico que comunicó la noticia en mayo de 1935.
Si bien no se puede decir que el experimento fue un completo éxito, ya sea por el número de casos afortunados (2 contra 3 fallidos) o por las notables repercusiones que tuvo su práctica en los sobrevivientes (que quedaron ciegos e insensibles hasta su eventual muerte), Cornish se volvió toda una celebridad debido a sus estudios. Incluso se hizo una película –Life Returns (1935), del director ucraniano Eugene Frenke– basada en sus casos.
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Tras poco más de una década dedicada a actividades científicas un tanto más sencillas, el Dr. Cornish intentó experimentar sus métodos de resurrección con un ser humano. Para 1947 incluso ya había conseguido un voluntario: Thomas McMonigle, un asesino de niños preso en la prisión de San Quentin que había ofrecido su cuerpo para ser reanimado después de que se le ejecutara como había solicitado un tribunal.
Ante la posibilidad de que Cornish triunfara y permitiera que McMonigle no solo pudiera ser resucitado, sino que saliera libre al ya haber cumplido con su condena, las autoridades del estado de California negaron la solicitud. Al año siguiente, el 20 de febrero de 1948, el asesino fue llevado a la cámara de gas. Esa fue la última vez que el experimento del científico que había logrado resucitar a los muertos con un columpio fue tomado en cuenta.
Ante el fracaso de sus planes, Robert E. Cornish se retiró de la ciencia y enfocó sus esfuerzos en levantar un producto aún más muerto que los cuerpos en los que había probado su ambicioso plan: un polvo dental adicionado con vitamina D y fluoruro. Falleció el 6 de marzo de 1963.
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