Así es, tal cual lo lees. Hubo un tiempo en que las prótesis dentales se fabricaron con los dientes de soldados muertos en combate. Los dentistas del siglo XIX quizás tenían la idea de que si se podía disponer de dientes reales no había necesidad de hacer unos falsos.
La principal fuente de donde se obtuvieron los dientes fue la batalla de Waterloo, ocurrida el 18 de junio de 1815. Al lugar llegaron carroñeros que extrajeron los dientes de algunos de los soldados fallecidos para venderlos a los dentistas.
Las dentaduras que se hicieron con los dientes de los soldados que murieron en esta batalla llegaron a conocerse con el tiempo como “dientes de Waterloo”.
La obtención de dientes humanos se asociaba con frecuencia a una actividad grotesca y polémica conocida como resurreccionismo (o robo de tumbas).
Los resurreccionistas a veces incluso mataban a mendigos, vagabundos y prostitutas para proporcionar cadáveres a las escuelas de medicina para su disección. Y cuando un cuerpo estaba demasiado descompuesto para ser vendido a las escuelas de medicina, vendían los dientes. Obvio, los resurreccionistas cobraban por su trabajo.
Las prótesis dentales fue la manera en que los dentistas combatían las caries tan comunes en aquellos años. Todo lo que tenían que hacer era hervir las piezas, cortar las raíces, fijar los dientes a placas de marfil y venderlas a los clientes.
Es muy probable que muchos pacientes que compraron estas prótesis dentales no supieran la procedencia de los dientes, aunque hay que decir que los cuerpos de los soldados muertos no fueron la única fuente siniestra de donde se extraían los dientes para hacer prótesis.
Cuando los materiales artificiales (como los dientes minerales o las prótesis talladas en marfil o hueso) resultaron ineficaces para masticar e incluso hablar, la gente utilizaba dientes extraídos de animales, criminales ejecutados y cuerpos desenterrados para las prótesis.
De acuerdo a un artículo sobre los dientes de Waterloo y la historia temprana de la odontología británica, la BBC explica que, a principios del siglo XIX, las prótesis hechas con dientes humanos eran más populares que las de otros materiales como la porcelana y el marfil.
Esta extraña razón se debía a que, al parecer, los dientes humanos se consideraban más cómodos, más realistas y más fáciles de usar para determinadas tareas tan simples como comer. Por lo tanto, tenían una gran demanda.
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