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Por qué Aristóteles detestaba dar clases en espacios cerrados

Aristóteles dictaba sus clases caminando por jardines y áreas comunes. A sus seguidores se les conoció como ‘peripatéticos’.

A diferencia de otros filósofos de la Antigüedad Clásica en Grecia, Aristóteles detestaba dar clases encerrado en un aula. Bajo la lógica de que el mundo sólo se conoce a través de la experiencia, el pensador tenía la convicción de que sus clases sólo podrían ser efectivas si las impartía en el exterior, caminando con sus discípulos. A todos aquellos a quienes les enseñó se les conoce como peripatéticos: los alumnos que “deambulaban alrededor de un patio” para aprender.

El binomio caminata-pensamiento

Imagen: Rafael Sanzio da Urbino (1483 – 1520) / Universal History Archive / Getty Images

El término peripatéticos viene de un sistema de en el que las clases se impartían lejos de las aulas. Por ello, el aprendizaje se llevaba a cabo durante los paseos. Se sustentaban en la base de la observación y creían que caminar activa la mente. La escuela peripatética gozó de gran prestigio, ya que los que se suscribían a esta técnica de enseñanza eran alumnos directamente de Aristóteles.

La técnica de los peripatéticos, señala Samuel Taylor Coleridge en “El Calabozo”, se basaba en el binomio de la caminata y el pensamiento:

“¡Con otros ministerios, tú, oh naturaleza!

Sana a tu hijo errante y desordenado:

Derramas sobre él tus suaves influencias,

Tus tonos soleados, bellas formas y dulces que respiran…

En medio de esta danza generalizada y juglares;

Pero, rompiendo a llorar, recupera su camino,

Su espíritu enojado sanó y armonizó,

Por el toque benigno del amor y la belleza”.

Caminar y aprender fue la fórmula que nació de la costumbre de Aristóteles de circular por la zona de jardines que se encontraba a las afueras de Atenas, donde él enseñaba. Hablaba y caminaba, se mantenía en movimiento mientras iba aleccionando a sus discípulos. El principio era simple: no hay forma de entender el mundo a menos de que se experimente en carne propia.

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Bajo la tradición de la mente sana en cuerpo sano

A la manera de su propio maestro, Platón, Aristóteles pensaba que habría que cultivar una mente sana en un cuerpo sano. Por ello, sus seguidores —nunca mejor empleado el término— perseguían a su maestro que los mantenía atentos y activos. A diferencia de lo que sucede en muchas aulas, en las que los estudiantes están sentados frente al profesor, con la mente distraída y la mirada en la pantalla de algún dispositivo, sin poner atención y seguramente, sin aprender mucho.

El método de los peripatéticos es efectivo. Desarrollaron algunos puntos de lógica y metafísica, pero se centraron en el entorno que exploraban en sus paseos. Filosofaron dando pasos. Se interesaron en estudiar la naturaleza y popularizar el estudio de la ética. Muchos dedicaron su tiempo a organizar y explicar lo que aprendieron de Aristóteles mientras paseaban a su lado.

Caminar promueve la actividad física: es un buen umbral para llegar al ejercicio. Pero no es sólo eso. Al estar caminando, la mente se aclara y las ideas empiezan a fluir. Tal como lo refiere Samuel Taylor Coleridge, la naturaleza derrama sus suaves influencias. Aristóteles entendía que entre tenues rayos de sol y bajo la sombra de los árboles, se producía un maridaje glorioso propicio para filosofar.

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Peripatéticos: contra el tedio de la rutina

Fotografía: Wikimedia Commons

La escuela peripatética nos lega una propuesta que puede aplicarse en los centros de enseñanza de la actualidad. Si bien la forma más popularizada de dar clase es la de reunir a un grupo de estudiantes en salones, aulas, auditorios, tal vez no sea la mejor. Aristóteles dictaba sus clases caminando por jardines y áreas comunes.

Más que aulas híbridas, llenas de aparatos en las que el profesor tiene que ingeniárselas para captar la atención de los estudiantes que tiene en el salón y a distancia, ponerse a caminar parece una alternativa óptima y divertida. Al aire libre, parece más adecuada para estos tiempos en los que los lugares cerrados siguen causando suspicacias.

Hermipo de Esmirna, filósofo peripatético, explicó que su maestro disfrutaba de grandes caminatas entre plantas, flores, en los alrededores de los ríos, en las proximidades del puerto de Pireo con vistas al mar Egeo, mientras exponía sus lecciones. Sin embargo, hay discrepancias entre las versiones de los historiadores. Hay quienes aseguran que los peripatéticos tienen el nombre gracias al área en la que usualmente Aristóteles hacía sus paseos. El «peripato», que traduce como ‘patio cerrado’.

Con base en la experiencia

En cualquiera de las dos opciones, caminar disponía a la mente a pensar, a filosofar. Aristóteles diseñó una estrategia de aprendizaje para maximizar el nivel de comprensión. Al tener a los estudiantes en movimiento, los mantenía atentos; al variar constantemente el entorno de sus clases, lograba que las mentes estuvieran listas para aprender con mayor facilidad, ya que los alejaba del tedio de la rutina.

Sus métodos de enseñanza se basaban en responder utilizando como información las experiencias y hechos comprobables. Tras su muerte, los peripatéticos se encargaron de perpetrar el legado de su maestro. Se enfocaron, con especial atención, en el comportamiento de la naturaleza. Los peripatéticos conformaron una unión sólida entre el caminar y el pensar.

Pasear y reflexionar da perspectiva. Nos permite apreciar los árboles y contemplar el bosque en su conjunto. Así, abonamos el terreno para la metáfora, para contemplarnos a través de un espejo en el que podamos reflejarnos. La filosofía del paseo es capaz de explotar el sentido del asombro, de resaltar el poder del conocimiento frente a la ignorancia, de reclamar la razón. Siempre, con base en la experiencia.

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Publicado por
Cecilia Durán Mena

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