Bundersarchiv Bild, vía Wikimedia Commons
Mayo de 1938. Un grupo de investigadores nazis burló la vigilancia de la Corona británica y se inmiscuyó en el Tíbet. La misión: cumplir con uno de los caprichos de Hitler y comprobar su teoría sobre el origen de la raza aria. Durante más de un año, los enviados del Tercer Reich vivieron entre familias budistas con el fin de registrar uno de los grandes mitos de la “pureza” que defendía el Führer.
Así fue la expedición que buscó corroborar los ideales que derivaron en uno de los crímenes contra la humanidad más graves de la historia.
Desde el inicio de su carrera política, Adolf Hitler tomó a la ‘superioridad’ de la raza aria como una de sus plataformas principales. En sus discursos y documentos incluso habló sobre una leyenda que partía de la Atlántida para justificar la existencia de una sociedad ‘pura’.
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Según se decía, en la ciudad perdida habían vivido los seres con “la sangre más pura” del mundo. Tras el hundimiento de la isla, los sobrevivientes arios se esparcieron por el diferentes partes del orbe, especialmente en la región de Asia central. Las creencias del austriaco aseguraban que en esa zona, algunos atlantes se reprodujeron con las civilizaciones locales, causando una mezcla que identificaba como ‘impura’.
Sin embargo, el resto había conservado su raza y se había escondido en el Tíbet. Durante el ascenso de su ejército en el resto de Europa, el gobernante alemán exigió confirmar esta teoría y buscar pruebas que le permitieran introducir su pensamiento supremacista en el resto del mundo. Para ello, la Alemania Nazi hizo uso de algunos de sus mejores hombres y los envió a un viaje que parecía no tener posibilidades de éxito algunas.
Entre los elegidos de la expedición ordenada por Hitler y comandada por el jefe de la policía nazi, Heinrich Himmler, destacaban Bruno Beger, antropólogo que recogía cráneos tibetanos para fabricar máscaras y Ernst Schäfer, conocido zoólogo que ya había habitado el Himalaya.
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Tras partir de Berlín hasta Sri Lanka y luego moverse en barco a la India, el grupo de cinco investigadores comenzó a ser seguido por las autoridades británicas, quienes controlaban a la India y desconfiaban de las intenciones de los alemanes. Después de diversas trabas el equipo ingresó en el Tíbet portando banderas identificadas con la swastika nazi. Esto dió confianza a los pobladores de la zona, pues los indios y los monjes tibetanos consideraban al emblema como un símbolo de que sus acciones determinaban el curso de la vida en la Tierra.
Por los próximos meses, Schäfer y su equipo vivieron entre los locales, quienes los apoyaron en sus estudios zoológicos y antropológicos. Se cree que durante esa época, los investigadores alemanes lograron reunir información genética y física de más de 376 tibetanos. También tenían moldes, fotografías, películas y otros artefactos etnográficos.
El tiempo fue el peor enemigo de los trabajos de los nazis en el Tíbet. Solo un año después de haberse librado del ojo inglés y haber llegado al Himalaya, la Segunda Guerra Mundial estalló y obligó a los científicos a regresar a su país. Tras un cauteloso traslado, la mayoría de los datos y piezas que habían logrado reunir se distribuyeron a lo largo de Alemania.
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En 1945, a la caída del Tercer Reich, los resultados y análisis en curso de la expedición fueron destruidos por las fuerzas aliadas o por los propios representantes nazis. Los involucrados en la investigación tampoco hicieron mucho por salvar los pedidos del Führer. Schäfer, por ejemplo, evitó la cárcel tras declarar que fue reclutado forzosamente por la SS; Beger, que ayudó a identificar a prisioneros judíos y realizó estudios anatómicos con sus cadáveres, murió en su casa en 2009, décadas después de haber sido exonerado por la muerte de 86 personas en Auschwitz.
A la fecha, la restricción del gobierno germano por retomar materiales e investigaciones del periodo de la Alemania Nazi ha logrado que la vergonzosa misión en el Tíbet permanezca en el olvido de la historia.
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