Hans Makart, vía Wikimedia Commons
La orden llegó desde el más alto nivel del Imperio Romano: su nombre debía ser borrado de todos los lugares donde se le hacía mención. También toda efigie erigida en honor a la emperatriz debía ser destruida. La guardia pretoriana incluso tuvo la orden de asesinar al gobernante si este volvía a casarse. De ese tamaño había sido el dolor causado por Mesalina a su esposo, el poderoso emperador Claudio.
A pesar de los esfuerzos del mandatario romano por eliminar a su pareja de la historia, la leyenda de la atractiva mujer perdura hasta nuestros tiempos. No tanto por su célebre belleza, sus múltiples infidelidades o el complot para traicionar a su esposo que le terminó costando la vida, también por su relevancia en las decisiones políticas del sucesor de Calígula y tío del siguiente emperador romano: Nerón.
Nacida en el año 25 d.C., Valeria Mesalina podría haber tenido una gran vida debido a su parentesco con la dinastía Julio-Claudia. Sin embargo, no todos los miembros de la familia imperial gozaban de lujos u oportunidades. La familia de Mesalina formaba parte de este grupo: su padre –Marco Valerio Mesala Barbado Mesalino– apenas pudo alcanzar el cargo de cónsul, una posición política baja y su madre –Dominica Lépida– había gastado hasta el último centavo de su riqueza heredada.
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Por suerte, Mesalina fue bendecida con una belleza sorprendente. Esto le valió llamar la atención de Claudio, el desgraciado tío del emperador Calígula cuyos cortejos fueron rápidamente interpretados como interés por la familia de Valeria, quienes vieron el romance como una forma de escalar socialmente. Claudio y Mesalina se casaron en el año 38 d.C.. Él tenía 50 años; ella apenas 20. En los siguientes dos años, la recién casada dio a luz a dos hijos: Claudia Octavia en 40 d.C. y Británico en 41 d.C..
Tras la caída de Calígula y el ascenso al poder de Claudio, la mujer asumió una posición privilegiada. Tenía la posibilidad de manipular a su esposo para cumplir cualquier capricho personal o político que se le ocurriera. Además podía reclamar riquezas y el respeto de quienes la habían humillado en su juventud. Era la nueva emperatriz romana y todos debían estar a sus pies.
Según escritores de la época, el poder de Mesalina solo podía ser superado por sus deseos prohibidos. Prueba de ello quedó en la sorprendente cantidad de hombres importantes –nobles, soldados, gladiadores, actores– con los que sostuvo amoríos mientras su esposo estaba en Britania.
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De hecho, los sonados romances extramaritales de la emperatriz fueron acompañados por rumores que la señalaban como una ninfómana. De acuerdo con Juvenal, Mesalina escapaba de los palacios imperiales para prostituirse en el barrio de Subura bajo el apodo de Lycisca, “la mujer loba”. Plinio el Viejo, por su parte, retomó en sus textos un supuesto desafío que Valeria lanzó a Escila, la mejor prostituta de Roma. El reto era ver quién podía satisfacer sexualmente a más hombres en la cama. La siciliana se rindió después de llegar a 25 clientes; la emperatriz continuó hasta superar los 200 hombres. “Esta infeliz tiene las entrañas de acero”, sentenció Escila, nombrada en honor al monstruo que devoraba hombres en ‘La Odisea’ de Homero.
Cayo Apio Junio Silano y Mnéster fueron dos hombres que sufrieron las consecuencias de desairar a la poderosa Mesalina. Al primero lo sentenció a morir por traición al no corresponder con su amor; al segundo, un famoso actor de la época, le arrebató a su amante Popea Sabina la Mayor, quien se vio obligada a suicidarse después de que la esposa de Claudio la relacionó con Décimo Valerio Asiático, dueño de los impresionantes jardines de Lúculo. Marco Vinicio, Séneca y Julia Livila también cayeron en desgracia por su enemistad con la mujer.
Consumida por el poder, Mesalina decidió deshacerse de su esposo y liderar el Imperio Romano sin ataduras. Para esto puso en marcha un plan de derrocamiento que involucró a uno de sus amantes: el cónsul Cayo Silio, con quien incluso se casó. Por desgracia para la infiel, Claudio se enteró de los planes gracias a su liberto Narciso y regresó a Roma para interrumpirlos.
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En el año 48 d.C., Valeria Mesalina y Cayo Silio fueron condenados a muerte por suicidio. Incapaz de terminar con su vida, Mesalina intentó salvarse solo rasguñándose con un puñal. Después de horas desangrándose, un centurión terminó con el trabajo y la decapitó. Mientras la vida escapaba de los ojos de la emperatriz, su esposo ordenó borrar su recuerdo. También prometió no volver a casarse, más no pudo cumplir con ello al conocer a Agripina la Menor, su cuarta esposa y autora de la desgracia que destruyó a su familia.
A la fecha, algunos recuerdos de la relevancia de la hermosa e infiel romana habitan museos especializados en el Imperio Romano. También lo hace la palabra Mesalina, que en el Diccionario de la Lengua Española aparece como un despectivo para referirse a una “mujer poderosa o aristócrata y de costumbres disolutas”.
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