Matthew Hopkins, el infame general cazador de brujas que pasaría a la historia por los abusos cometidos en contra de inocentes.
Para 1644, Inglaterra era un país convencido de la existencia de brujas. Gran parte de la culpa de ello recae en el rey Jacobo I, quien estaba convencido de los poderes de la brujería. Tanto que incluso escribió un libro: Demonologie, en 1597. Ello lo aprovechó un sujeto de dudosa moral que dedicó parte de su vida a investigar supuestos casos de brujería entre mujeres inocentes y ganar dinero con ello. Su nombre fue Matthew Hopkins, el infame general cazador de brujas que pasaría a la historia por los abusos cometidos en contra de inocentes.
Quién fue Matthew Hopkins
Sobre la niñez de Hopkins no se sabe casi nada. Fue hijo de un puritano predicador llamado John Hopkins. En el ya mencionado año de 1644, Hopkins conoció a John Stearne en Manningtree, Essex a donde llegó para comprar una propiedad con el dinero que le dejó su difunto padre.
Tanto Stearne como Hopkins estaban convencidos de la existencia de brujas y de que había que erradicarlas. También eran conscientes de que se podía convertir en un negocio con cuantiosas ganancias si se ejecutaba bien. Entonces decidieron aliarse e iniciar una cruzada para limpiar a su país del mal al que Jacobo I ya hacía mención desde muchos años atrás.
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Inicia una carrera de abusos, terror y ejecuciones
Ambos decidieron contratar los servicios de “buscadoras”, mujeres que examinaban los cuerpos de las acusadas para encontrar en ellas la Marca de Satanás: lunares, cicatrices, verrugas o cualquier otra marca que fuera “prueba” de que la mujer tenía pactos con el mal.
El primer grupo de acusadas vivía en la misma Manningtree. Fueron en total treinta y seis mujeres a las que se acusó de pactar con Satanás y practicar la magia negra. Diecinueve de ellas fueron declaradas culpables y ahorcadas. Hopkins y Stearne recibieron un buen pago por ayudar a llevar a las acusadas ante la “justicia”. Así iniciaron una carrera como sádicos cazadores de brujas que llenaría de terror la campiña inglesa.
Un mes después, Matthew Hopkins y Stearn llegaron a Bury St Edmunds, en Suffolk. Ahí dieron su siguiente golpe como cazadores de brujas: comenzaron la investigación de más de cien personas sospechosas de brujería.
En tan solo un día consiguieron la condena y ejecución de dieciocho personas, de las cuales dieciséis eran mujeres. En un segundo juico consiguieron acusar a setenta personas. Por sus servicios prestados, de nuevo volvieron a cobrar una jugosa cantidad de dinero.
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Matthew Hopkins ante el ojo público
Los juicios y sus procedimientos llamaron la atención del periódico The Moderate Intelligencer, el cual cuestionó la ética de lo que Hopkins y su segundo al mando, John Stearne, estaban haciendo. ¿Acaso ambos hombres estaban más motivados por el beneficio económico que por el deseo de erradicar la brujería, a tal grado que eran capaces de acusar a mujeres pobres que apenas tenían lo suficiente para vivir?
Poco preocupados por lo que se decía sobre ellos, Matthew Hopkins y John Stearne, junto con su grupo de buscadoras, siguieron avanzando por la campiña inglesa convencidos de su labor como cazadores de brujas.
Los métodos poco éticos para arrancar confesiones
Visitaron pueblos como Norfolk, Cambridgeshire, Northamptonshire, Suffolk, Essex, Bedfordshire y Huntingdonshire en donde probaron otros métodos: ahora utilizaban agujas, cuchillos y punzones para pinchar a sus víctimas y ver si se estremecían o sangraban.
Si no lo hacían, se consideraba un signo inequívoco de brujería. Esto llevó a algunos a creer que Hopkins y sus “pinchadores” utilizaban cuchillas retráctiles para asegurarse de que no se produjera ninguna herida. Su fama de mentirosos y abusivos comenzaba a cobrar fuerza.

Uno de los métodos más comunes usados por Hopkins para inculpar a alguien consistía en atar al acusado a una silla y arrojarlo a un río o estanque. Si flotaba, era culpable; si se hundía y posiblemente se ahogaba antes de poder ser rescatado, era inocente.
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Mentirosos por naturaleza
El título de “Cazador de Brujas”, como se conoció más tarde a Hopkins, se lo dio él mismo. Cuando llegaban a un lugar, él y John Stearne decían que iban en representación del parlamento inglés, lo cual era falso por completo. Sus credenciales y títulos se los inventaron ellos mismos y con ello lograron engañar a cientos de personas que carecían de la educación suficiente para darse cuenta de los abusos cometidos.
Pese a las mentiras con las que actuaban, muchos creyeron en lo que hacían y estaban dispuestos a pagarles bien por su labor: lugares como Ipswich aumentaron las cuotas de impuestos locales para poder pagar los servicios del cazador de brujas.
El final de una corta carrera de abusos
Sin embargo, no faltó quien se diera cuenta de los abusos cometidos por los cazadores de brujas y tuviera la valentía de señalarlos. Es el caso de John Gaule, un predicador puritano, que se opuso a los métodos que utilizaban los hombres y comenzó a predicar abiertamente contra ellos en sus sermones.
También publicó un libro titulado Casos selectos de conciencia en relación con las brujas y la brujería, que exponía los métodos de Hopkins y Stearne y cuestionaba su legalidad.
Ello condujo a que Hopkins y Stearn tuvieran que presentarse a testificar sobre sus actos en Norfolk Assizes, ante un grupo de notables hombres que los interrogaron con severidad acerca de lo que hacían y los métodos brutales con los que arrancaban confesiones a personas inocentes.
No hubo castigo para ninguno de los dos. Hopkins y Stearne se retiraron del negocio de cazadores de brujas en 1647. Sus andanzas solo duraron 14 meses en los que fueron responsables de la muerte de cientos de personas inocentes, la gran mayoría mujeres.
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El descubrimiento de las brujas y legado en la cultura popular
Para intentar justificar lo que hizo, Hopkins todavía se dio el tiempo de escribir A Discovery of Witches (El descubrimiento de las brujas), en donde justificaba sus métodos como cazador de brujas y los describía con todo lujo de detalle. El documento se usó en los Estados Unidos como guía en los casos de brujería en Salem durante la década de 1690.
Se cree que Hopkins murió de tuberculosis el 12 de agosto de 1647. Existen algunos mitos que señalan que fue acusado de brujería y ahorcado por ello, pero nunca ha habido pruebas concretas sobre tal versión. Su mito fue llevado a la pantalla grande en 1968 gracias a la película Witchfinder General, protagonizada por Vincent Price. La cinta es considerada una de las joyas del género folk horror.
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