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Trastornos mentales eran curados con picahielos

La lobotomía se aplicaba a pacientes con padecimientos como esquizofrenia o depresión severa

El 12 de noviembre de 1935, en el hospital Santa Marta de Lisboa, el neurólogo portugués Antonio Egas Moniz practicó la primera leucotomía moderna (del griego ‘corte blanco’, esto es: cortar la materia blanca del cerebro). Creía que los pacientes con conductas obsesivas sufrían de problemas en los circuitos del cerebro, y pensó haber encontrado la solución. “Decidí cortar las fibras conectivas de las neuronas activas”, escribió en una monografía titulada ‘Cómo llegué a hacer una leucotomía frontal’.

Durante miles de años la humanidad había practicado la trepanación, agujereando el cráneo para dejar salir a los espíritus malvados, pero la idea de la lobotomía estaba enfocada a los trastornos mentales. La noción de que un trastorno mental podía modificarse por psicocirugía venía de los trabajos del neurólogo suizo Gottlieb Burckhardt, quien practicó lobotomías a destajo e informó que los resultados eran por lo general satisfactorios, aunque se cuidó de documentarlas.

Moniz taladró dos huecos en el cráneo del paciente para inyectar alcohol puro en los lóbulos frontales y así destruir el tejido con intención de mejorar la conducta.

Tan sólo un año después la leucotomía se popularizó como lobotomía. Los neurocirujanos estadounidenses Walter Freeman (en la imagen) y James Watts llevaron a cabo su primera lobotomía prefrontal (a través de la órbita del ojo), a una paciente de 63 años, Alice Hood Hammatt, que incluyó trepanar el cráneo, pero en lugar de usar alcohol cortaron quirúrgicamente los nervios que conectaban la corteza prefontal al tálamo.

Los cirujanos perforaban un par de huecos en el cráneo, ya sea en un lado o en la parte superior, e introducían una barra afilada de acero de ocho centímetros de largo en el cerebro (un leucotomo) y la ‘agitaban, es decir la movían de un lado a otro para cortar las conexiones entre los lóbulos frontales y el resto del cerebro. Freeman se convirtió en un entusiasta del proceso y lo divulgó por el mundo entero.

Esta técnica, un proceso que tomaba cinco minutos, se aplicaba a pacientes con severos trastornos mentales como esquizofrenia o depresión clínicamente establecida. No quedaron dudas de que la lobotomía alteraba la conducta y aun la personalidad (aunque nunca se le hizo seguimiento apropiado a los pacientes, terminaban por ser más apáticos, lentos y verse más acabados), además muchos resultados fueron drásticos y algunos mortales. Sin embargo ya había comenzado a ser vista como una cura milagrosa en el Reino Unido, donde los cirujanos ejecutaron proporcionalmente más lobotomías que en E.U.

Se volvió tan popular que había doctores, como el británico Sir Wylie McKissock, que llegaron a hacer miles (él unas 3,000). El psiquiatra John Pippard le hizo seguimiento a varios cientos de pacientes de McKissock y encontró que alrededor de un tercio se benefició, a un tercio no le afectó y el otro tercio empeoró. A pesar de la oposición de algunos médicos, en especial los psicoanalistas, el procedimiento se convirtió en parte integral de la psiquiatría. Comparada a la ‘cadena perpetua’ que significaba estar un hospital de salud mental (camisas de fuerza, celdas acolchonadas y violencia física en algunos pacientes), la oportunidad de una cura a través de la lobotomía parecía preferible.

Egas Moniz sería el primer portugués en obtener el Premio Nobel (1949), pero la lobotomía cayó enseguida en descrédito bajo la acusación de práctica bárbara. En Estados Unidos llegaron a realizarse unas 40 mil intervenciones, pero una de ellas redujo a la hermana mayor de John F. Kennedy, Rosemary, casi al estado vegetativo, además se comprobaba que los resultados eran pobres y comenzaba a introducirse en el mercado la primera ola de medicamentos psiquiátricos efectivos.

La última lobotomía practicada por Freeman fue en 1967. La paciente, Helen Mortensen, había sido sometida ya a dos intervenciones similares (1946 y 1956) y la tercera fue la vencida: Freeman cortó uno de los vasos sanguíneos del cerebro y Mortensen murió, Freeman quedó sin licencia como cirujano y se jubiló.

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