The Meeting of Antony and Cleopatra (1885). Imagen: Fine Art Images/Heritage Images/Getty Images
Egipto gozó de una estabilidad social, económica y política pocas veces vista en la historia de la humanidad. Bajo un mismo régimen teocrático, se tiene registro de que la sociedad cambió muy poco durante al menos 5 mil años. Aunque existe evidencia de que tuvieron enfrentamientos con otros pueblos, al interior del Imperio Antiguo rara vez hubo revoluciones o trifulcas sociales.
Por el contrario, el panteón divino regía las formas de vida en la Tierra, así como en la vida después de ésta. Bajo este acuerdo social, los egipcios disfrutaron de periodos amplios de bonanza intelectual, científica y mercantil. Todo funcionó muy bien hasta un líder heleno llegó a expandir sus influencias en Egipto. Su nombre fue Alejandro Magno. Años después, su influencia llegaría hasta Cleopatra VII, la última faraona de Egipto.
El imperio de Alejandro Magno se extendió desde Grecia por el valle del Indo. Fue así como, en pocos años, alcanzó a dominar hasta los últimos confines del mundo conocido. Algunos pueblos se sometían por falta de recursos. Algunos otros, por conveniencia: el conquistador no les pedía que renunciaran a sus creencias ni esquemas de vida, siempre y cuando pagaran el tributo correspondiente. De esta manera, llegó también a Egipto.
De acuerdo con los escribas que documentaron este acontecimiento, Alejandro Magno ingresó al imperio egipcio después de que sus tropas gritaran «¡Abrid, si no queréis desencadenar la furia de Ares!». A pesar de esta entrada tormentosa, los egipcios recibieron bien a la milicia venida de Grecia.
Querían librarse del dominio persa, y el ejército de Alejandro Magno les ayudó a conseguir su cometido. Por ello, la relación entre los egipcios y las tropas griegas fue cordial. Poco tiempo después, se le concedió la corona a manera de un reconocimiento honorífico, y Alejandro Magno se convirtió en faraón. Esto sucedió en noviembre del 322 a.C.
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A partir de que Alejandro Magno tomó posesión del trono en Egipto, designó a sus generales más cercanos para administrar el imperio. Mientras tanto, él continuó con sus expediciones y campañas militares. Aún así, se respetaron las creencias locales y la manera en la que se conducía la política cambió muy poco.
Fue así como Ptolomeo I se convirtió en faraón, fundadlo su propia dinastía en el poder —y la última en la historia del Egipto antiguo. “Ptolomeo reinó en Egipto después de la muerte de Alejandro en 323 a. C., y lanzó una dinastía de gobernantes de habla griega que duró casi tres siglos“, explica History.
Por esta razón, los gobernantes que pertenecieron a la era ptolomaica —como se le conoce a este periodo en la historia del país— no eran propiamente egipcios. Pertenecían a una etnia diferente, que mezclaba características macedonias y locales. De entre ellos, la última faraona fue Cleopatra VII.
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Incluso antes de asumir el poder, Cleopatra VII ya formaba parte activamente de la política de su imperio. Antes de cumplir 18 años, dirigía su propia flota de guerra, era una lingüista reconocida entre los escribas y había escrito tratados completos sobre medicina y ciencia egipcia.
“A pesar de no ser étnicamente egipcia, Cleopatra adoptó muchas de las antiguas costumbres de su país y fue el primer miembro de la línea ptolemaica en aprender el idioma egipcio”, explica History.
Su mismo nombre no era egipcio. Por el contrario, etimológicamente, ‘Cleopatra’ viene del griego antiguo, y se traduce como gloria del padre. Para ella, el nombre sí fue destino: a pesar de la administración llena de excesos que su padre había conducido, ella manejó los últimos fulores del imperio.
En su tiempo fue reconocida por los logros navales de sus territorios, así como por las decisiones estratégicas para administrar los tributos y atender las necesidades del pueblo, tan dejado de lado por su abuelo y por su padre. Cleopatra VII sentía una responsabilidad genuina por el imperio, nacida de un amor profundo por su cultura.
Cuando los romanos la sorprendieron con una invasión secreta, la última gobernante de Egipto prefirió quitarse la vida que presenciar la caída de su Imperio. En manos de los romanos, el colapso era inevitable. Abrumada por el dolor y la angustia política, según narra el mito, Cleopatra se suicidó con el veneno de una cobra egipcia. Con tan sólo 39 años de edad, y junto a algunas de sus sirvientas más leales, expiró.
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