De la paranoia al perdón: la historia del juicio de las brujas de Salem en Estados Unidos versa sobre odio, prejuicios y violencia de género.
Después de años de sobrellevar el estigma, ellas fueron las primeras en recibir un trato como personas. En todo el país, la brujería era castigada con la horca, como dictaba la antigua tradición medieval desde siglos atrás. Entre 1692 y 1693, 200 mujeres fueron asesinadas por practicar las ciencias oscuras, en aquel entonces atribuidas a Satanás. Por ello, las brujas de Salem habrían de ser erradicadas para siempre: sólo así, creían los hombres blancos, podrían disolver el pacto terreno con las fuerzas del mal.
Entre ellas figuraban las matemáticas, alquimistas, astrólogas y otras investigadoras, a las que se les atribuyeron ‘ritos negros’, que la ley en Estados Unidos no se dignó en investigar a profundidad. No tenía caso: les era más sencillo catalogarlas a todas como brujas. Ésta es su historia.
Dignas de castigo divino

No era la primera vez que las mujeres eran culpadas de brujería y satanismo por saber hacer cuentas. Históricamente, desde la Edad Media en Europa, aquellas que desafiaron al sistema machista y empezaron a hacer ciencia por su cuenta fueron severamente castigadas por la Iglesia Católica. Específicamente entre los siglos XIV y XVI, una ‘locura de brujería’ se extendió en todo Europa, según escribe la historiadora Jess Blumberg para Smithsonian Magazine:
“Decenas de miles de supuestas brujas, en su mayoría mujeres, fueron ejecutadas [en ese tiempo]. Aunque los juicios de Salem se produjeron justo cuando la locura europea estaba disminuyendo, las circunstancias locales explican su inicio”, explica la autora.
A pesar de que la tendencia de cacería de brujas ya iba en declive del otro lado del mar, los intereses políticos por dominar el actual Estados Unidos cegaron el juicio de los tribunales coloniales. Entre las disputas por el territorio por parte de Francia y el Reino Unido, miles de personas tuvieron que exiliarse a Salem, en el estado oriental de Massachussetts.

Estos movimientos masivos de personas provocaron que, en poco tiempo, los recursos empezaran a escasear. Entre más gente llegaba al pueblo, menos comida y agua podía distribuirse entre los pobladores —muchos de ellos, además, puritanos. Por ello, el control riguroso de las figuras religiosas fue decisivo para determinar el destino de muchas mujeres. Tal fue el caso del reverendo Samuel Parris: bajo su administración, la cacería se hizo todavía más impía.
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Muerte a las mujeres de ciencia

En ese tiempo, el saber no correspondía al rol de género que se les había asignado al nacer. Por el contrario, la ciencia estaba restringida a los hombres —y lo que es más, a los hombres blancos, preferentemente venidos de Europa. Durante siglos, pensar en que una mujer pudiera desarrollar alquimia y otras ramas del saber —con éxito, además— era considerado como una aberración satánica, digna de castigo divino.
Esta misma línea de pensamiento nubló el juicio de los reverendos que persiguieron a las brujas de Salem. Ahorcadas, ahogadas en los ríos y quemadas en piras dispuestas en la vía pública: ésas fueron sus sentencias finales, sin derecho de apelación. Sin embargo, el castigo no sólo se impuso a las mujeres que practicaban ciencia o no iban a los servicios religiosos dominicales. Por el contrario, también se extendió a las niñas que padecían de trastornos mentales, o habían nacido con algunas discapacidades.
Aquellas que gritaban ‘sin sentido’ eran relegadas a ser servidoras de Satanás. Bajo su mirada colonizadora y puritana, esos sonidos extraños correspondían a los pactos que estaban haciendo con el Príncipe de las Sombras. Así pues, muchas niñas enfermas también murieron en la hoguera. Algunas de ellas no tenían más de 6 años. Las que no lograban ser exorcizadas con éxito habrían de morir, para preservar la paz, el orden y la moral cristiana.
1692: un año lúgubre para las ‘brujas’ de Salem

Entre 1692 y 1693, la cacería de brujas en Salem se hizo todavía más cruda. Cualquier mujer que se desviara ligeramente de la norma podría ser torturada para confesar sus crímenes religiosos, para posteriormente ser ejecutada. El perdón era escaso en esos tiempos de paranoia. Fue entonces que empezaron los juicios en Tribunal de Oyer y Terminer, los últimos días de octubre.
Muchas mujeres fueron ejecutadas por brujería. Algunas niñas fueron encarceladas junto con sus madres, ya catalogadas como servidoras de Satanás: cualquier producto de su vientre también era considerado como un engendro poseído. Aunque éste fue el periodo más crudo en la cacería, los crímenes de Estado continuaron por años.
No fue hasta 1706 que el estado de Massachussetts se disculpó públicamente por estos juicios, que calificó de ilegales e injustos. Como compensación, se ofrecieron 600 libras esterlinas a las familias de las víctimas. Cualquier proceso legal que se sustentara en “evidencia espectral” (o testimonio sobre sueños y visiones), fue suspendido para siempre.
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