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Estos son los orígenes que dieron pie a la leyenda de la Llorona, una de las historias sobrenaturales más famosas de México.
Según la tradición nahua, algunos años antes de la llegada de los españoles al Valle de México, en Tenochtitlan ocurrieron una serie de fenómenos naturales inexplicables, eventos que causaron miedo y fueron interpretados como una premonición divina de tiempos oscuros.
Estos acontecimientos eran conocidos por los mexicas como tetzahuitl: “algo inusitado, portentoso, que causa asombro, espanto y es anuncio de algún acontecimiento futuro”.
Según fray Bernardino de Sahagún, fueron ocho los tetzahuitl (también conocidos como presagios funestos) que azotaron Tenochtitlan. Las señales que predecían la caída del Imperio mexica se relacionaron con fenómenos naturales, como la caída de un rayo que destruyó el templo de Xiuhtecuhtli, una inundación que elevó el nivel del agua y azotó la ciudad, o el paso de un cometa que iluminó el cielo nocturno y fue visto por el propio Moctezuma.
Sin embargo, ninguno de estos presagios funestos causó tanto temor como el sexto, cuyo eco forjó una leyenda que aún hoy forma parte de la tradición oral en México:
Esta deidad se relaciona con la figura de Tonantzin y es considerada una diosa madre de los nahuas.
Cihuacóatl era representada pictográficamente como una mujer serpiente y también se considera la protectora de las cihuateteo, es decir, las mujeres que morían dando a luz y que según el pensamiento nahua, acompañaban al Sol en su muerte y renovación simbólica cada atardecer.
“Sexto portento: muchas veces se oía a una mujer que iba llorando, iba gritando. Andaba diciendo: “hijos míos ya nos vamos”. A veces decía: Hijos míos ¿a dónde los llevaré?”
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La noticia de esta aparición llegó hasta Moctezuma, quien encargó a sus calpixques investigar la causa de los lamentos de esta mujer y así encontrar la forma de satisfacer sus exigencias, según describe el Códice Durán:
“Lo mismo encomendad a todos los que tienen por costumbre de andar de noche y que si topasen a aquella mujer que dicen que anda de noche llorando y gimiendo, que le pregunten qué es lo que llora y gime y se satisfagan de todo lo que acerca de estos negocios pudieren saber”.
Según Patrick Johansson, Investigador del Instituto de Investigaciones Históricas (UNAM) y experto en náhuatl, el origen del luto que manifiesta Cihuacóatl en los presagios funestos se relaciona con las cihuateteo, que adquirían un carácter divino al morir durante el parto.
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La figura de una mujer doliente, vestida de blanco, llorando por sus hijos, emitiendo gritos y lamentos y que aparecía en las encrucijadas de los caminos durante las noches funcionó como una analogía posterior a la Conquista, el proceso que puso fin al mundo tal y como lo conocían los antiguos nahuas.
El primer registro de esta historia que posteriormente se convertiría en la leyenda de la Llorona corrió a cargo de fray Bernardino de Sahagún, quien describió a Cihuacóatl de la siguiente forma:
“…aparecía muchas veces, según dicen, como una señora compuesta con unos atavíos como se usan en palacio. Decían que de noche voceaba y bramaba en el aire; esta diosa se llama Cihuacóatl, que quiere decir mujer de la culebra; y también la llamaban Tonantzin, que quiere decir nuestra madre”.
Algunos cronistas como Diego Muñoz Camargo en su ‘Historia de Tlaxcala’ retomaron el relato de voces indígenas y poco a poco se fue popularizando en los primeros años de la convulsa sociedad novohispana. A veces cargada de influencias de la época, que crearon personajes como una mujer mestiza con apariencia fantasmal y un hombre español del que estuvo casada; o situaciones como el ahogamiento de los hijos por los cuales la mujer lloraba.
De ahí que los orígenes de la leyenda de la Llorona puedan rastrearse desde tiempos prehispánicos, un símbolo que nació a partir de la visión nahua de la Conquista y perduró por generaciones con diversas variantes, pero con la constante de una mujer en luto que clama ante la incertidumbre de sus hijos.
El famoso grito “¡Ay mis hijos!” seguirá resonando en las calles de la Ciudad de México y, sobre todo, en las tradiciones mexicanas de las cuales este espectro femenino (o alma en pena) forma parte vital.
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