Foto: Getty Images
Pedro Linares López se despertó confundido. No sabía bien a bien qué eran las criaturas que se habían presentado en su sueño, pero tenía muy claro que le llamaban. Algunos tenían cabeza de venado y cuerpo de algún tipo de dragón; patas de elefante y complexión de lagartija. Las combinaciones parecían no empatar entre sí, pero de alguna manera funcionaban en el conjunto. Era 1906. Era la Ciudad de México. Eran alebrijes.
Con 30 años de edad, Linares ya se ganaba la vida como cartonero. Una vez cayó enfermo, y en su delirio, un desfile de animales híbridos apareció frente a sus ojos. Como artesano de la Merced, en la Ciudad de México, no le parecieron demasiado extrañas. Por el contrario, se le presentaron como un presagio.
Después de despertar, Pedro Linares López se puso a trabajar. Como artesano oaxaqueño, sabía manipular la madera y usar el color. Cornadas, de papel maché, con las fauces bien abiertas y en tonalidades neón, las piezas que salieron de ese día de trabajo parecían vibrar por su cuenta.
El artesano nunca se imaginó que sus creaciones se convertirían, con el paso de los años, en iconos nacionales. Por su carácter chusco —entre compañeros cósmicos y demonios oscuros— y colores llamativos, los alebrijes muy pronto atrajeron la atención del mundo. Parecían asomarse desde el umbral de la vigilia, invitando a los espectadores a otra dimensión inconsciente.
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Cuando los alebrijes alcanzaron fama internacional, Pedro Linares López se transfirió a Oaxaca, donde estos animales fantásticos encontrarían su hogar natural. Sin embargo, durante largos años se dedicó a exponer sus creaciones en Estados Unidos y Europa en diferentes presentaciones. Los que más ha llamado la atención son los monumentales, que se imponen por su presencia ominosa y colorida a la vez.
Más allá de las exposiciones en otros países, los alebrijes de Linares se adhirieron muy pronto a las tradiciones de Oaxaca y otras partes de México. En las calles de la capital, se empezaron a orquestar desfiles de estos animales fantásticos creados de papel maché y madera. Particularmente en los días cercanos a Día de Muertos, cuando el espacio público se enciende con el fulgor del cempasúchil.
Después de años de trabajar hasta 16 horas todos los días en la confección de sus criaturas, Linares se retiró en su estudio en la ciudad de Oaxaca. El 26 de enero de 1992, el artesano trascendió este plano de consciencia. Seguramente, del otro lado le estaban esperando sus alebrijes.
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