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Cierto día, Kenneth Hodges, profesor de inglés de la Universidad de Oklahoma, descubrió un manuscrito medieval de origen alemán que hablaba sobre el “juicio por combate” y las reglas bajo las cuales se llevaba a cabo.
El juicio por combate parece ser que fue una forma de juicio reconocido por el derecho germánico. Se ocupaba de las acusaciones entre dos partes cuando no había testigos ni confesión que determinara cuál de las dos partes tenía la razón.
Este arreglo judicial proviene del Fechtbuch de Hans Talhoffer, libro escrito en 1467 que funge como manual de instrucciones sobre cómo debían librarse los duelos del juicio por combate. La sección que más llamó la atención del profesor Hodges fue la de los duelos entre hombres y mujeres.
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Sí, hombres y mujeres luchaban cuerpo a cuerpo en el juicio por combate y era de la siguiente manera: el hombre era colocado en un agujero de un metro de profundidad, con una mano atada a la espalda, mientras que la mujer podía moverse libremente en el exterior.
A la mujer se le permitía ir armada con tres piedras envueltas en un trozo de tela. El hombre tenía tres palos para defenderse.
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Había reglas estrictas en este combate. El hombre no podía salir de su agujero, ni podía tocar el borde del mismo con la mano o el brazo. De lo contrario, tenía que entregar uno de sus palos. Si la mujer le atacaba cuando él entregaba su palo, ella perdía una de sus piedras.
Las claras desventajas impuestas al hombre eran para intentar que la lucha fuera lo más justa posible, pues pocas mujeres tenían entrenamiento en la lucha cuerpo a cuerpo.
No se sabe a ciencia cierta cómo se definía a un ganador. Es poco probable que las peleas fueran a muerte, como se puede constatar en el Fechtbuch, que no especifica nada al respecto. A lo mucho, una de las dos partes quedaba inconsciente por los golpes.
El juicio por combate solía reservarse para casos en los que no había pruebas suficientes para declarar a un culpable.
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Se ha propuesto que esta forma de juicio por combate entre una mujer y un hombre tenía una finalidad mucho más desagradable. Tal vez se usaba en los casos en los que una mujer acusaba a un hombre de violación, pero no tenía pruebas ni testigos que la respaldaran.
Las creencias cristianas de la época creían que el vencedor del juicio por combate era un designio de Dios, quien favorecería al inocente. Si el hombre perdía la lucha, debía ser culpable y morir. Si la mujer perdía, se le tachaba de mentirosa y merecía morir.
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