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Alejandro Magno tenía un proyecto de expansión absoluta. Además de diseminar todo lo que su maestro, Aristóteles, le había enseñado por años sobre la cultura helénica, quería que su imperio se extendiera hasta cada esquina del horizonte. A diferencia de otros grandes conquistadores occidentales, para él ni siquiera Egipto era una barrera suficientemente invencible.
Como el rey más fuerte que había tenido Macedonia, a su servicio tenía legiones de los soldados más eficaces en el campo de batalla. Después de años de conquistas militares —en las que respetó la cultura y tradiciones locales—, Alejandro Magno sintió la necesidad de complicar todo el saber de sus territorios en un mismo espacio. Así nació el proyecto de la Biblioteca de Alejandría, en Egipto: la más nutrido, estudiado y venerado de los recintos culturales de la antigüedad clásica.
Aleandro Magno fundó Alejandría, en Egipto, en 331 a.C. En los planes para construir la ciudad, estaba el diseño y levantamiento del recinto cultural más grande, rico y diverso que se hubiera visto en la historia del mundo conocido. Por esta razón, el emperador macedonio se dispuso a recopilar todos los saberes de sus dominios, para tener una copia de cada libro en este espacio.
La Biblioteca de Alejandría quedó lista pocos años más tarde. Se dice que, en total, una vez terminada su construcción contaba con 490 mil tomos diferentes. Esto obedece a la intención de Alejandro Magno de compilar todo el conocimiento existente en el mundo:
“[La Biblioteca de Alejandría] tenía como finalidad compilar todas las obras del ingenio humano, de todas las épocas y todos los países, que debían ser «incluidas» en una suerte de colección inmortal para la posteridad”, escribe David Hernández, divulgador de Historia Antigua en National Geographic.
Un silgo más tarde, explica Hernández, el archivo de la biblioteca alejandrina contaría con cerca de 700 mil títulos diferentes. Aunque hay autores que se debaten sobre esta cifra, el hecho de que historiadores contemporáneos al recinto documentaran este volumen de libros habla de la gran riqueza de conocimiento que estuvo contenida ahí por siglos.
La gran mayoría de todos estos archivos se perderían para siempre, en el peor incendio que Egipto vio en la Antigüedad.
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Existen varias teorías relacionadas a la destrucción de la Biblioteca de Alejandría. Todas coinciden en que, entre llamas, cenizas y lamentos, el incendio se llevó más del 90 % de los tomos que ahí se habían compilado por años. Algunos de ellos eran manuscritos originales de Aristóteles, Tolomeo y otros grandes sabios de Grecia.
Por ello, el incendio de la Biblioteca de Alejandría se considera como una de las peores pérdidas de patrimonio literario, científico y cultural en la historia. Tomos enteros de filosofía, poesía, ciencias naturales y diversas áreas del saber existente se perdieron sin remedio. Tal vez sea por la misma amargura de la pérdida que a este acontecimiento lo envuelvan las tinieblas.
Hernández explica que el primer registro de este desastre data de la época del emperador romano Julio César. En el año 47 a.C., mientras visitaba a Cleopatra, el complejo palaciego fue sitiado. En medio del ataque, muchos de los libros que César pensaba llevarse a Roma fueron quemados. Algunas fuentes estiman que fueron cerca de 40 mil.
Este hecho marcó un antes y un después en la solidez de Egipto como Imperio, que ya venía en declive desde décadas atrás. “Alejandría fue entrando en una lenta e inexorable decadencia, y con ella también su Biblioteca”, se lamenta Hernández. Éste, sin embargo, no fue el último intento de destrucción para la Biblioteca de Alejandría.
El segundo golpe letal que sufrió la Biblioteca de Alejandría está datado del año 640 d.C., durante la invasión musulmana a Egipto. Si bien es cierto que los tomos restantes fueron transportados a Constantinopla, para evitar que se destruyeran, la ambición de contar con un referente cultural poderoso seguía en planes de los administradores egipcios.
Los árabes no vieron con buenos ojos que mucho del saber restante ahí fuera ‘infiel’. En aras de una expansión territorial que abarcase todo África, ésa era la excusa perfecta para deshacerse de todo lo que quedaba —e instaurar su propio régimen, con sus propios saberes, con sus propias reglas y parámetros culturales.
Con la orden del califa Omar, la premisa para los militares árabes fue la siguiente:
“Si esos libros están de acuerdo con el Corán, no tenemos necesidad de ellos, y si se oponen al Corán, deben ser destruidos”.
Y efectivamente, la gran mayoría de los tomos contenidos todavía ahí no se alineaban a los versos musulmanes. A pesar de los intentos desesperados de algunos cuántos, los rollos se perdieron de manera definitiva. Por esta razón, algunos autores piensan que no fue un sólo incendio el que devastó la Biblioteca de Alejandría, sino que se trató de un proceso histórico paulatino.
Sea como fuere, la pérdida de siglos de saber existió. Y lo que es más: nunca tendremos acceso a ese conocimiento, que se desvaneció entre llamas, cenizas e intereses políticos.
Han sido varios los intentos contemporáneos de reavivar las llamas extintas siglos atrás. En el mismo lugar donde se quemó la Biblioteca de Alejandría, el gobierno egipcio intentó erigir un recinto similar, en honor al los milenios de conocimiento perdidos entre las llamas. Los planes empezaron a finales de la década de los 80.
El edificio no contiene, ni de cerca, el mismo volumen de libros que tenía la colección antigua. Sin embargo, se planteó un diseño de vanguardia, que reconciliara la época actual con la nostalgia de un imperio de saber extinto. La construcción terminó en 1996, y se planteó como un recinto abierto al público interesado. Pocos años después, la UNESCO la reconoció como patrimonio de la humanidad.
La intención es, incluso actualmente, que el archivo se nutra de donaciones internacionales. De esta manera, aunque no compile el saber antiguo que Alejandro Magno pensó preservar para siempre, se nutre de colecciones enteras de conocimiento contemporáneo. La meta es sobrepasar los dos millones de libros en algún momento cercano —a pesar de la pandemia, a pesar de las llamas pasadas.
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