Entre 1737 y 1739, el Virreinato de la Nueva España sucumbió ante la epidemia de matlazáhuatl, una de las crisis más mortíferas de la época.
Octubre de 1737. El Virreinato de la Nueva España, territorio que la Corona española había reclamado como propio tras el descubrimiento de un “nuevo mundo”, sucumbía lentamente ante una misteriosa enfermedad que se transmitía a velocidades pocas veces vistas. El brote, conocido como la epidemia de matlazáhuatl, fue una de las grandes crisis sanitarias de la época y la razón detrás de múltiples prácticas que continúan vigentes en México como el traslado de residuos sanitarios a las afueras de las ciudades y el establecimiento de la Virgen de Guadalupe como la “Santa Patrona” nacional. Esto fue lo que pasó.
¿Qué fue la epidemia de matlazáhuatl?
En diciembre de 1736, un brote epidémico fue detectado en una zona de Tacuba, al poniente de la actual Ciudad de México. Según documentos de la época, trabajadores laneros del pueblo de Tlacopan comenzaron a experimentar fiebre intensa, tos, pústulas y sangrado por la boca y oídos de manera súbita e inexplicable. Al extraño mal se le definió como matlazáhuatl o “grupo de erupciones” según los vocablos en náhuatl “matlatl” (grupo) y “zahuatl” (erupciones).
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Conforme avanzaron los días, la enfermedad se instaló entre habitantes de todas las zonas de la capital, sin importar su edad, género y extracto social. Para octubre del siguiente año, gran parte de la población de la Nueva España se había contagiado; miles habían muerto en sus casas, calles y hospitales improvisados. Estimaciones afirman que dos terceras partes de los habitantes del Virreinato perecieron a causa del germen.

De acuerdo con el libro ‘La Nueva España y el matlazáhuatl: 1736-1739’ de la historiadora América Molina del Villar, el brote se esparció durante los siguientes años por los pueblos de Tacuba, Azcapotzalco, Coyoacán y Xochimilco. También se vieron afectadas comunidades que hoy ocupan el Estado de México, Chihuahua, Durango, Guanajuato, Querétaro, Morelos, Puebla, San Luis Potosí y Veracruz.
Una crisis causada… ¿por Dios?
Frente al desconocimiento médico y sanitario de la época –una de las razones por las que el virus se convirtió en una epidemia en solo unos meses–, la Iglesia Católica aseguró que la situación era un “castigo divino” y la única solución era entregarse a Dios.
Las calles se llenaron de rezos públicos, peregrinaciones y misas masivas en donde los creyentes pedían al Señor que intercediera por ellos; que acabara con el mal que los perseguía. La Virgen de Guadalupe, advocación de la Virgen María que había sido parte fundamental en el proceso de evangelización de las culturas originarias en la Nueva España, fue proclamada Santa Patrona de la Ciudad de México. Imágenes con su rostro y manto comenzaron a hacerse populares entre los blancos, criollos e indios. La virgen aparecida en el cerro del Tepeyac se volvió un faro de esperanza para todo el país durante los tiempos difíciles.

Por supuesto, estas medidas no sirvieron de mucho para contrarrestar los embates de la enfermedad. Sin embargo, la medida funcionó para establecer a la representación mariana como una protección para los fieles y un icono de la idiosincracia mexicana.
¿Cómo se terminó la epidemia de matlazáhuatl?
Existen muchas teorías sobre lo que causó la epidemia de matlazáhuatl. Muchos afirman que fue pudo haberse tratado de tifus, peste o fiebre tifoidea. Otros señalan que pudo ser un patógeno proveniente de Europa que llegó a la Nueva España en cargamentos de lana.
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Según señala el presbítero Cayetano Cabrera y Quintero en su obra ‘Escudo de armas de México’, los primeros contagiados trabajaban en sitios sin cuidados donde las personas comían y dormían en lugares donde también habían animales y restos fecales. En 1739, con la llegada de los Bobones al poder, las políticas de salubridad cambiaron y se enfocaron en evitar y combatir todo este tipo de problemas.
A medida que el virus fue desapareciendo, las autoridades marcaron acciones claras: mover los basureros, cementerios, rastros y hospitales a las afueras de la ciudad; eliminar las acequias, sitios de hacinamiento y depósitos de agua estancada; mejorar los servicios hospitalarios y preferir la medicina a la religión o las creencias tradicionales. Tras años complicados, la Nueva España resurgió y la epidemia de matlazáhuatl (primera vez que se utilizó la locución latina “epidemia” para definir una crisis de este tipo) quedó como un mal recuerdo.
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