Foto: Keystone-France / Gamma-Rapho vía Getty Images
Antoine de Saint-Exupéry llevaba una carrera militar destacada. Como uno de los aviadores pioneros de Francia, había emprendido vuelos con rutas extremas para la época. Más de 19 horas sentado en una avioneta era, en ese momento, una hazaña de ingeniería. Después de varios viajes similares, despegar desde París en una carrera hasta Saigón parecía cualquier cosa. El premio, por el contrario, no lo era: 150 mil francos estaban en juego. El desierto del Sahara tenía otros planes.
Para llegar a la antigua Saigón, en Vietnam, desde la capital francesa, era necesario pasar por Libia. Al norte del continente africano, el país cuenta con el área más septentrional del desierto del Sahara. A pesar de las dificultades que el viaje representaba, Antoine de Saint-Exupéry abordó una avioneta junto con su ingeniero, André Prevot. Era 30 de diciembre de 1935.
Después de un viaje de 19 horas y 38 minutos, la avioneta empezó a presentar problemas técnicos. Poco tiempo después, la maquinaria experimentó una falla que les impedía seguir adelante con la ruta. Justo al cruzar Libia, Prevot y Saint-Exupéry se vieron orillados a hacer un aterrizaje forzado sobre las dunas del Sahara. Tras varias maniobras fallidas, impactaron la arena.
La nave quedó destrozada. En medio del calor del desierto, sólo tenían algunas mandarinas, un poco de vino blanco y un termo roto de café negro. Entre las dunas, lo único que el aviador pensó en hacer fue mirar al cielo: sobre de ellos, se extendía un azul profundo, que prometía largas horas de rayos lacerantes de sol.
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Prevot no tenía un buen diagnóstico. Después de examinar la maquinaria, determinó que el impacto había dañado de manera definitiva los motores de la avioneta. No podrían despegar. Peor aún: no podrían salir de ahí, ni llegar al pueblo más cercano para pedir ayuda. Estaban atrapados en el desierto.
Sin recursos suficientes para sobrevivir la noche, los aviadores decidieron esperar a la sombra del esqueleto de la avioneta. Para esa misma tarde, estaban completamente deshidratados. Con hambre y sed, al tercer día tuvieron alucinaciones, según dijeron en entrevistas posteriores. Con una avioneta Caudron C-630 Simoun n7041 casi destruida, la posibilidad de que los localizaran era mínima.
Para el cuarto día, cuando ya habían dejado siquiera de transpirar, un beduino sobre un camello los encontró tirados sobre la arena. En medio del desierto, a pesar de las adversidades medioambientales, logró transportarlos a una ciudad aledaña, donde finalmente recibieron atención médica.
Eventualmente regresaron a Francia, sin avioneta y sin 150 mil francos. Poco tiempo después, el aviador militar empezaría a escribir sus memorias sobre el accidente en avioneta. Para 1943, ya había publicado la historia de un niño venido de otro mundo, que hablaba con rosas y le tenía respeto a los zorros de otros mundos. Saint-Exupéry sugirió tiempo después que, a raíz de ese accidente, decidió empezar a escribir El Principito.
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