Foto: Getty Images
Los edificios están destruidos. Como si nunca hubieran superado su etapa de obra negra, se alzan como fantasmas huecos, que miran al horizonte con un halo macabro y melancólico. Los pobladores de las ciudades aledañas la conocen como la Isla del Acorazado, y prefieren no acercarse mucho. Así es Hashima: la isla japonesa que fue abandonada en la década de los 70.
La isla de Hashima, también conocida como Gunkanjima, tuvo que amurallarse para poder defenderse de los tifones poderosos que prometían hundirla. Por esta razón, los locales empezaron a nombrarla como la Isla del Acorazado. A partir de 1887, estuvo habitada por trabajadores de la industria minera. Sin embargo, casi un siglo después, tuvo que ser desalojada de emergencia.
Los mineros y sus familias que habían establecido una vida ahí se dieron cuenta de que no podrían soportar las condiciones climatológicas por mucho tiempo más. El oleaje podía ser tan fuerte que los dejaba incomunicados con las demás islas de la prefectura de Nagasaki.
Además, el súbito cambio energético del carbón al petróleo obligó al gobierno local a cerrar la mina que les daba de comer. Sin demanda, perdieron sus trabajos y vivir ahí ya no tenía sentido. Poco a poco, los trabajadores se desplazaron a otras islas próximas para empezar de nuevo.
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En Hashima, sin embargo, quedaron los esqueletos de edificios que daban hogar y sustento a sus antiguos habitantes. A pesar de que lleva más de cuarenta años completamente desierta, todavía quedan fragmentos de pintura en las paredes venidas a menos.
A pesar de que las ventanas están rotas, en las salas conviven televisores abandonados con triciclos dejados atrás. Las rutas que comunicaban por mar a la isla con las demás quedaron clausuradas durante décadas. Sin embargo, recientemente se volvieron a inaugurar.
Atraídos por el fulgor decadente y decrépito de la isla, miles de turistas reactivaron las visitas a la ciudad minera en ruinas. Según cuentan los visitantes, todavía quedan latas de refresco sin abrir en lo que solían ser los cuartos de la gente. En algunos casos, la mesa se quedó puesta con cubiertos, manteles y platos sucios.
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