Foto: Wikimedia Commons
Ángela Peralta tenía en la palma de la mano los principales escenarios del mundo con tan sólo 20 años de edad. Cinco años antes, Giuseppe Verdi la había convocado a tomar un rol protagónico en su ópera más reciente, en uno de los teatros principales de la Ciudad de México.
Para ese entonces, poco importaba que la soprano principal hubiera nacido en el seno de una familia sin muchos recursos. Después de una gira por las capitales culturales de Europa, el emperador de México la llamó de vuelta a su país de origen. Maximiliano de Habsburgo quería escucharla cantar.
Ángela Peralta recibió la más alta educación artística que existía en México desde que tenía seis años. Oriunda del estado noroeste de Sinaloa, se abrió paso en el mundo de la ópera como El ruiseñor mexicano. Con tan sólo quince años, su padre la instó a que gozara de su renombre internacional y emprendiera una gira de al menos dos años por las ciudades más importantes de Europa.
Milán, Salzburgo, París, Roma. Ningún escenario era suficiente; ningún oído lo suficientemente experimentado para su destreza operística. Según los registros históricos, en una ocasión tuvo que salir a saludar hasta 32 veces después de terminada su intervención en La Scala: las ovaciones del público encendieron el recinto como llamaradas inextinguibles.
Sus presentaciones en Italia hicieron que la gente se refiriera a ella como “Angelica di voce e di nome”, que se traduce como “Ángela de voz y nombre“. Además de su destreza como soprano, se distinguió como arpista y compositora de valses, galopas y fantasías. Para nadie fue sorpresa que, con el éxito que gozaba en todo el mundo, antes de alcanzar los 40 años ya se había casado dos veces. No necesitaba de un hombre que la mantuviera.
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Fue en 1865. Ángela Peralta había recibido una invitación imperial para presentarse frente a Maximiliano de Habsburgo quien, maravillado por lo que había sabido de sus presentaciones en Europa, sentía la necesidad imperiosa de escucharla en vivo. El emperador se encargó de arreglar el Teatro Imperial de la Ciudad de México para que, con la pompa debida, la soprano pudiera desempeñar su mejor presentación hasta el momento —y en casa.
Esa noche, al caer el telón, Maximiliano de Habsburgo quedó tan maravillado que no tuvo más remedio que nombrarla Cantante de Cámara del Imperio. Con este nuevo reconocimiento, Peralta recorrió el Bajío con óperas que habían encendido los teatros europeos. En México recibió la misma reacción de los espectadores, enardecidos con su talento.
Inmediatamente después zarpó al Viejo Continente, para continuar con sus éxitos del otro lado del mar. Sin embargo, su esposo enfermó al llegar a París, y no sobrevivió más que unos meses. La pérdida la obligó a volver a su país de origen, donde se dedicó a conservar los espacios dedicados a la ópera activos. Después de una infección fulminante de fiebre amarilla, Peralta perdió la vida con tan sólo 38 años. Hoy, varios teatros mexicanos llevan su nombre, desde Sonora hasta Guanajuato.
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