Foto: Oscar Gonzalez/NurPhoto via Getty Images
Durante sus primeros años de vida, Fernando Botero llenó cuadernos enteros y lienzos con las imágenes que tenía disponibles en Medellín, la ciudad más grande de Antioquía, en Colombia. Más que nada, de naturaleza. Nunca se imaginó que, durante largos de producción artística, dedicaría su atención a los cuerpos abultados, frondosos, desparramados de personajes gordos. Estos son 5 momentos históricos que han marcado su trayectoria como artista visual:
Nacido en 1932, Fernando Botero no pensaba en convertirse en un vocero visual de la gordura. Por el contrario, de acuerdo con una entrevista para El País, en su familia no existía una tradición artística para nada:
“No sé por qué empecé a dibujar toros, paisajes, naturalezas muertas, por qué vino la gente a mis cuadros… Lo cierto es que a los 19 años yo quería ser pintor. Y mi madre me dejó. A los 19 ya hice la primera exposición”.
De acuerdo con el autor, lo primero que pintó siguiendo su propia voz —que se consolidaría como una marca reconocible a nivel internacional— fue una mandolina. Le gustó la amplitud del instrumento de cuerdas, el cuerpo, el trazo curvilíneo. Según Botero, “ese boceto fue mi punto de partida”.
Al inicio, Botero no sabía que quería dedicarse a la pintura. Siguiendo el consejo de un tío suyo, empezó a formarse como torero en Antioquía. Sin embargo, después de un incidente desafortunado con los toros, dejó su carrera como maestro de tauromaquia para dedicarse al desarrollo plástico. Este evento marcaría su percepción de la realidad para siempre, y lo utilizaría como un motivo recurrente durante sus años maduros de producción.
Fernando Botero tuvo su primera exposición a los 19 años. A partir de entonces, galeristas de todo el mundo lo empezaron a identificar por su obsesión por las figuras abultadas de una vitalidad interior innegable. La insistencia por estos motivos orgánicos desbordados le forjó una firma reconocible alrededor del mundo.
El pintor reconoce que, a partir de que dio como iniciados sus estudios, se tardó 15 años en lograr un Botero formalmente. “La madurez del estilo depende del trabajo, toma mucho tiempo”, destaca para Juan Cruz en El País. “Y ahí vinieron los personajes, los boteros”.
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Después de vivir un par de años en Italia, Botero regresó a Colombia en 1955. Ahí conocería a su esposa, Gloria Zea, con quien se mudaría a la Ciudad de México un año más tarde. Fue durante su estancia en México que conoció a Rufino Tamayo y a los muralistas mexicanos, de quienes adoptaría una influencia modernista poderosa. Fue entonces que, en sus palabras, le declaró la guerra al lienzo, y encontraría en el espacio en blanco un campo fértil para expresar sus batallas personales.
El término boterismo ya está adoptado por la Historia del Arte para expresar motivos robustos y gruesos. El reconocimiento internacional le ha ganado un espacio entre los artistas más cotizados en la actualidad. Su trayectoria ha estado basada en motivos carnales, que han abierto una discusión en torno a la estética de los cuerpos que sobrepasan las medidas del canon de delgadez occidental.
En 2019, Fernando Botero fundó su galería en Madrid. La llamó Marlborough, y en sus paredes se muestran piezas de arte contemporáneo y parte de su propio acervo personal. Al día de hoy, el artista sigue activo, con poco más de 6 décadas de trayectoria plástica.
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