Fotografía: DEA / G. DAGLI ORTI/De Agostini via Getty Images
El mundo prehispánico no estaba regido por un entendimiento lineal del tiempo. La forma de comprender el mundo de los pueblos precolombinos se organizaba de acuerdo a ciclos temporales, que traían consigo nuevos soles, nuevas eras, nuevos comienzos. De la misma manera, la relación con la naturaleza no se entendía de manera vertical. Por el contrario, las bestias del reino animal que acompañaron a los mayas se percibían como vecinos en el Universo, más que seres dominados por el ser humano.
El instinto, el amor, la amistad y la rivalidad no eran características exclusivas de la humanidad. Estas dinámicas se ilustran en el Popol Vuh, la compilación máxima de escrituras sagradas maya. Al entender a los animales como pares con los que se comparte la tierra, se atribuían estas mismas actitudes a los seres mitológicos con los que convivían todos los días. Mensajeros de los dioses, intermediarios místicos, compañeros en el paso por el mundo: éstas fueron algunas de las bestias mayas más representativas del sureste mexicano.
Por siglos, la serpiente emplumada dominó los cielos de diversas culturas mesoamericanas. Fue uno de los dioses más venerados por los mayas K’iche’, que lo consideraban como el dios creador: el Señor de la Aurora, según lo describe el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). En el sureste mexicano se hacía, específicamente, en los equinoccios de invierno, cuando se deslizaba con la velocidad del sol por los escalones de Chichén Itzá.
Antiguamente, en esta región del país se le representó como Kukulkán. Podía cambiar de forma a voluntad, y transformarse en sacerdote en las fechas importantes. Los mayas pensaban que, en los días fatuos, podía encarnar a los ministros religiosos para determinar el destino de los pueblos. Como creador del universo desde el mar, la serpiente emplumada ostentó un lugar fundamental en los mitos fundacionales de la cosmogonía maya antigua.
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Para los mayas, los animales fungían como mensajeros entre los dioses y los seres humanos, “capaces de comunicarse entre ambos grupos y entre sí“, según explica Jessica Sequeira, antropóloga de la Universidad de Cambridge, en su artículo para Aeon. Uno de los mejores ejemplos de esta relación se encarna en el jaguar: el animal que transitaba entre el inframundo y el mundo de los vivos.
Específicamente en los estados sureste de Campeche, Tabasco y Quintana Roo, al jaguar se le consideró como un símbolo de poder. Entre las bestias mayas, destacó como el intermediario entre el dios del Sol y las horas más oscuras de la noche. Por su elegancia, agilidad y fuerza, el ‘Balam’ —como se le nombraba en ese entonces— fungió como un símbolo de la realeza al sur de México y en algunos países de Centroamérica.
Más de 30 especies aparecen en el Popol Vuh, acompañando, mediando y guiando la interacción de los seres humanos y los dioses. Como tal, a diferencia del pensamiento occidental, no había razón para dominarlos ni domesticarlos. Por el contrario, se pensaba más bien en convivir con ellos, de manera que se tuviera una buena relación con los seres con los que compartían territorio.
Uno de ellos fue el mono araña —conocido como Chuén—, común en la selva húmeda del sureste mexicano. En el horóscopo maya, este animal se consideró como el patrón de los artesanos y creadores. De la misma manera, se aludía a sus poderes de cambio de época, así como un ayudante en el paso de los seres humanos hacia otra vida. Por ello, se llevaban a cabos ritos en su honor cuando los antiguos pobladores de la Península de Yucatán tenían que resolver problemas graves.
Por su majestuosidad y valentía, el águila se consideró como el símbolo de los guerreros entre las bestias mayas. A pesar de que, muchas veces, a la clase militar se le representó con el jaguar, estas aves muchas veces fungieron como símbolos de la fuerza de los bandos extranjeros. Por esta razón, es común encontrar códices y estelas en el sureste mexicano en las que ambos animales figuren uno frente al otro.
Así también, a la diosa de la luna maya, Ixchel, se le hizo alusión como la ‘mujer águila’. Los sabios la consideraban como la encarnación de la sabiduría, que surcaba los cielos durante las horas altas de la noche. Por esta razón, el horóscopo maya considera a la especie como un estandarte del empoderamiento, la consciencia y el conocimiento.
En la cosmovisión maya, las serpientes eran consideradas como vínculos entre el macrocosmos y el microcosmos. Es decir, el enlace entre la tierra y el cielo: de ahí sus cuerpos alargados, flexibles y elegantes. De la misma manera, el hecho de que mudaran pieles era considerado como una señal divina de cambio de época, de reencarnación y renovación espiritual.
Así también, se veneraba con particular devoción a la Serpiente de la Visión: la bestia maya que “regía el eje central del árbol del mundo“, según se relata en el Popol Vuh. Revisiones historiográficas y antropológicas posteriores traducen este concepto como la liga entre el mundo terrenal y el de los dioses, que servía, a su vez, como umbral y conexión entre ambos niveles de entendimiento.
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